Antes del siglo XIX, los gobiernos de los principales países europeos y sus
imperios coloniales alrededor del mundo dieron por hecho que tenían tanto el
derecho como la responsabilidad de controlar y dirigir las actividades
económicas de sus sujetos. En realidad, las tierras y las personas en estos
países eran consideradas propiedad del rey o el príncipe, para usarlos o
disponer de ellos en la forma que consideraran más beneficioso para sus
intereses. Siempre que el monarca pusiera interés en el bienestar inmediato
de sus individuos, era sólo un medio necesario para el fin de su propio
bien.
En 1915, por ejemplo, Antoine de Montchretien escribió un libro titulado Un
tratado de Política Económica, dirigido a los monarcas de Francia, en el
cual advertía los peligros de permitir la competencia de vendedores
extranjeros en el mercado francés:
En primer lugar, le destaco a sus majestades que todos los implementos, las
manufacturas de las que están a cargo, tanto dentro como fuera del reino, no
sólo en ciudades sino en todas las provincias, pueden hacerse en forma
abundante y a un muy buen precio en su país. Es más, que permitir el ingreso
y recibir bienes hechos en el exterior, aquí significa quitarle la vida a
miles de sus súbditos a quienes esta industria es una herencia y la fuente
de sus ingresos; significa reducir su propia riqueza que deriva y se
incrementa de la riqueza de la gente.
Montchretien ofreció una conclusión a los monarcas: entonces déjennos
apoyarnos en los frutos de nuestro propio trabajo, es decir, déjennos
confiar en nosotros mismos.
Expresado aquí en forma bastante clara, aparecía la idea de que el comercio
con otros países era la fuente del desastre nacional, incluyendo pérdidas de
trabajos y caídas en los ingresos. Minaba las tradiciones comerciales que
eran consideradas la herencia de la gente, y reducía los ingresos y
riquezas del gobierno al bajar los ingresos impositivos.
Y aquí, también, se encuentra el concepto de independencia económica
nacional -autarquía- en la cual el país establece objetivos para producir y
manufacturar todo lo que sus residentes requieren puramente a través de la
producción doméstica. Esta era la esencia del sistema económico de la época,
conocido como mercantilismo.
Pero para prevenir que los súbditos del rey comerciaran con los compradores
y vendedores de otros países era necesario el uso del poder del estado,
tanto para prohibir las transacciones que desaprobaba el rey, como para
obligar a los productores a manufacturar lo que el monarca consideraba
deseable y venderlo a precios que él consideraba justos y equitativos.
El mercantilismo en Francia
Francia fue el país que más determinado estuvo en imponer y forzar estos
controles y comandos económicos. En la primera década del siglo XIX, el
liberal clásico francés, Charles Comte describió en su libro The Passage of
Liberty (El camino de la libertad) el funcionamiento del mercantilismo
francés en el siglo XVIII:
El Estado ejercitaba sobre la industria manufacturera la jurisdicción más
ilimitada y arbitraria. Disponía sin escrúpulos de los recursos de los
productores; decidía quién podía trabajar, qué cosas tenía permiso para
hacer, qué materiales debía emplear, que procesos seguir, qué formas debería
tener la producción.
No era suficiente hacerlo bien, hacerlo mejor; era necesario hacerlo de
acuerdo a las reglas... Debían seguirse, no los gustos de los consumidores,
sino las órdenes de la ley. Legiones de inspectores, comisionados,
controladores, jueces, guardianes tenían a su cargo la ejecución de esa ley.
Se rompían máquinas y se quemaban productos cuando no estaban de acuerdo a
las reglas. Había tipos diferentes de reglas para bienes destinados al
consumo hogareño y para aquellos destinados a la exportación. Un artesano no
podía siquiera elegir el lugar en el cual establecerse, ni trabajar durante
todo el año, ni para todos sus clientes.
Hay un decreto del 30 de marzo de 1700 que limita a 18 ciudades, el número
de lugares donde se podían tejer las medias. Un decreto del 18 de junio de
1723 obliga a los productores de Rouen a suspender sus trabajos desde el 1
de julio hasta el 15 de septiembre, par facilitar la cosecha.
Luis XIV, cuando intentó construir la colonia del Louvre, prohibió a todas
las personas privadas a utilizar obreros sin permiso, con una pena de 10.000
libras, y prohibió a los obreros trabajar para personas privadas, bajo la
pena de prisión o cocina de a bordo.
También hay un testimonio de Monsieur Roland, que vivió en la ciudad de
Rouen, acerca del tratamiento de los hombres de negocio y los mercaderes
acusados de violar las reglas y regulaciones:
Los productores han sido detenidos, enjuiciados y condenados; sus bienes
eran confiscados; se pegaban copias del juicio de confiscación en todos los
lugares públicos; se perdía y destruía toda la fortuna, reputación y
crédito. ¿Y por qué ofensa? Por que habían hecho un tipo de tela llamado
pelusa, tal como los ingleses solían manufacturar, e incluso vender en
Francia, mientras que las regulaciones francesas establecían que ese tipo de
tela debía ser hecha de mohair.
He visto a otros productores tratados en la misma manera, porque habían
hecho camlets (los cuellos de las blusas de las mujeres) de un ancho
particular, usado en Inglaterra y Alemania, por el cual había gran demanda
en España, Portugal y otros países, y en otras partes de Francia, que las
regulaciones francesas prohibían otros anchos...
Mercados negros
Pero las demandas del mercado y los incentivos de ganancias no pueden ser
reprimidos. Y lo que el gobierno no permitía, los mercados negros lo
entregaban en forma ilegal. En la década de 1840, Jerome-Adophe Blanque
destacó en su libro History of Political Economy in Europe (Historia de la
Política Económica en Europa), si examinamos cuidadosamente los períodos
cuando el contrabando prosperaba, estaremos fácilmente convenidos de que
siempre ha sido en países y en momentos en los que el sistema mercantilista
estaba en vigor.
Como lo explicó Blanque, está en la naturaleza de las malas instituciones,
el nunca ser respetadas, y dar a luz a protestas que terminan trayendo la
reforma; el contrabando era para el sistema exclusivista (mercantilismo) la
protesta más constante y expresiva ...
Es tan exacta en sus entregas como el más escrupuloso de los mercaderes;
enfrenta las temporadas y desafía las líneas más vigiladas de las aduanas, a
tal grado que las compañías de seguro que la protege cuentan con menos
pérdidas que cualquier otra.
El contrabando es, en realidad, el único medio que continúa siendo para las
industrias el recurso para procurarse los productos prohibidos cuyo uso les
es indispensable...
Es gracias al contrabando que el comercio no pereció bajo el régimen
prohibitivo...
Mientras los eruditos discuten y el comercio suplica, el contrabando actúa y
decide sobre las fronteras; se presenta a sí mismo con poder irresistible,
poder de hechos reales, y la libertad de comercio nunca ha obtenido una
victoria para el cual el contrabando no hubiera preparado el camino.
El economista francés no era el único que apoyaba las actividades del
mercado negro. El economista inglés del siglo XIX, Nassau Senior dijo lo
mismo en 1827 e igualmente en términos claros. el contrabandista es un
reformador radical y juicioso, dijo. El contrabandista es esencial para el
bienestar de toda la nación. Todo el comercio exterior depende de él.
Pero a todo el bien que el mercado negro proveía, Senior lo consideraba una
pequeña compensación al peso y costo que los controles de gobierno imponían
a la sociedad. Estoy lejos de pensar que el efecto directo de sus (los
contrabandistas) esfuerzos al darnos un mercado libre en esos productos que,
por su bulto y valor, caen dentro de su provincia, son una compensación pro
el crimen, la miseria y el gasto público del sistema mercantilista.
Mercantilismo y estado de bienestar
El sistema presionó sobre la gente como un peso grande y gigante. Como
ejemplos finales de su increíble peso y omnipresencia, tenemos las
observaciones de Alexis de Tocqueville en su libro El antiguo régimen y la
revolución. Nos ayuda a ver que en Francia bajo las políticas
mercantilistas, el régimen tomó las características tanto de la economía
planificada como la del estado de bienestar:
El gobierno tenía una mano sobre la administración de todas las ciudades de
su reino, grandes y chicas. Era consultado sobre todos los súbditos, y daba
opiniones decididas sobre todo; hasta incluso regulaba los festivales. Era
el gobierno el que daba órdenes para los festejos públicos, fuegos
artificiales e iluminaciones...
No había ni Parlamentos, ni estados, ni gobernadores; nada más que treinta
dueños de las respuestas (es decir, las cabezas de las agencias de
planeamiento burocrático de Paris), en quienes, en lo que respectaba a las
provincias dependía enteramente el bienestar, la miseria, la necesidad o la
abundancia...
Bajo el antiguo régimen, como en nuestros días, ni las ciudades, ni los
pueblos, ni los asentamientos, ni las aldeas, sin importar cuán pequeños, ni
los hospitales, iglesias, conventos, colegios podían ejercitar el libre
albedrío en sus asuntos privados, o administrar su propiedad, como
decidieran que fuera mejor. Entonces, como ahora, la administración era el
guardián de todos los franceses...
Se necesitaba una maquinaria muy extensiva para que el gobierno pudiera
saber todo y administrar todo en Paris. La cantidad de documentos que se
llenaban era enorme, y la lentitud con la cual se realizaban los negocios
públicos era tal que no pude encontrar ningún caso en el que la ciudad
obtuviera permiso para levantar el campanario de una iglesia o reparar su
presbiterio en menos de un año. En líneas generales, esas peticiones
llevaban dos o tres años.
Los ministros están cargados con detalles de negocios. Todo se hace con
ellos o a través de ellos, y si su información no es coextensiva con su
poder, están forzados a dejar actuar a sus empleados como deseen, y
convertirse en verdaderos dueños de la tierra (es decir, la autoridad era
delegada a una burocracia permanente)...
Una característica distintiva del gobierno francés, incluso en aquellos
días, era el odio al que llevaba a todos los que, nobles o no, pretendían
ocuparse de los asuntos públicos sin su conocimiento. Amenazó al más mínimo
ente público que se animara a existir sin permiso. Esto fue interrumpido por
la formación de la sociedad libre. No podía construir ninguna asociación más
de la que había formado en forma arbitraria y a la que presidía. En una
palabra, se oponía a que la gente se preocupara por sus propios intereses, y
prefería una inercia general hacia la rivalidad...
Como el gobierno había asumido el lugar de la providencia, la gente
naturalmente invocó su ayuda para necesidades privadas. Montones de
peticiones se recibían de personas que querían sus pequeños fines privados
servidos, siempre por el bien público...
Nadie esperaba ser exitoso en una empresa salvo que el estado lo ayudara.
Los agricultores, que, como clase, son generalmente cabezas duras y poco
dóciles, se creyeron que la caída de la agricultura se debía a la falta de
consejos y asistencia del gobierno...
Tristes al leer esto: granjeros pidiendo que se les reembolsara el valor de
sus terneros y caballos perdidos; hombres en circunstancias fáciles
suplicando por un préstamo que les permitiera trabajar su tierra para mayor
ventaja; productores solicitando monopolios para destruir a la competencia;
hombres de negocios confiando sus vergüenzas pecuniarias al intendente (el
burócrata local), y suplicando por asistencia o préstamos. Parecería que los
fondos públicos debían ser usados de esta manera...
Francia no es nada más que París y algunas provincias distantes que París
aún no ha tenido tiempo de absorber.
Este era el mundo creado por el mercantilismo. Quizás no tan invasivo y
profundo en todos los países como en la Francia real, pero de todas formas
presente y omnipresente en todos lados.
Pero finalmente se levantaron voces contra el sistema mercantilista, que
comenzaron en la segunda mitad del siglo XVIII. Y de estas voces vino la
lógica y los argumentos que traerían el triunfo del principio de la libertad
de comercio en el siglo XIX y la visión de una sociedad libre que ahora nos
llama de nuevo en el amanecer del siglo XXI.
Los defensores del libre comercio
En el siglo XVII comenzó a aparecer una revolución fundamental contra las
premisas y políticas del mercantilismo. Estas ideas minaron las bases de la
regulación gubernamental y el control de los asuntos económicos de la gente
de la sociedad europea. En su lugar apareció una concepción y una visión de
una sociedad libre basada en la libertad individual, libre comercio y
prosperidad de mercado y orientada hacia el mercado. Los dos centros
fundamentales para estos cambios fueron Francia y Escocia.
En Francia los defensores de la nueva idea de libertad económica fueron
conocidos como fisiócratas. También les gustaba llamarse los economistas.
Un punto central de su crítica del estado regulador de su época era la
insistencia de que había un orden natural de las cosas en el mundo social
tanto como en el mundo físico. Un orden adecuado de instituciones sociales
requería un reflejo de la naturaleza del hombre, sus requerimientos de
supervivencia y mejora, y su relación con los otros en la sociedad.
Una de las declaraciones más claras de este concepto del hombre y del orden
social estaba presentado por Pierre-Paul le Mercier de la Riviere en su
trabajo de 1767, The Natural and Essential Order of Political Societies
(El Orden natural y esencial de las sociedades políticas). Cada hombre,
decía, tiene un derecho natural de asegurarse lo necesario para su
subsistencia. Y este derecho era la piedra angular para deducir las
relaciones que serían tanto justas como enriquecedores para todos los
hombres:
No creo que alguien vaya a negar la existencia del derecho natural de
asegurarse la propia subsistencia. Este derecho básico es, en realidad, sólo
el resultado de un deber básico que se impone sobre el hombre bajo la pena
de dolor o incluso de la muerte... Ahora, debe quedar claro que el derecho
del hombre de asegurar su propia supervivencia incluye el derecho de
adquirir, por medio de su trabajo, aquellas cosas que le son útiles para su
existencia como así también el derecho de guardarlas luego de adquiridas. Es
evidente que este segundo derecho es sólo parte del primero, porque uno no
puede haberse comprado lo que no tiene el derecho de guardar; el derecho de
adquirir y el derecho de guardar forman juntos sólo uno y el mismo derecho a
pesar de que se consideren en diferentes tiempos...
La propiedad exclusiva de su persona, que llamaré propiedad personal es
entonces para cada hombre un derecho por absoluta necesidad, y como esta
propiedad personal exclusiva quedaría nula sin el derecho exclusivo de
propiedad sobre aquellas cosas que el hombre compra con su trabajo, este
segundo derecho exclusivo de propiedad, al que llamaré propiedad negociable
es una necesidad absoluta, como el primero del cual deriva... Una vez que
uno se da cuenta de que es absolutamente necesario que la propiedad
personal y la negociable son derechos exclusivos, somos capaces de darnos
cuenta que cada hombre también tiene deberes que son de absoluta necesidad.
Estos deberes consisten en la obligación de no invadir los derechos de
propiedad de los otros, porque es evidente que sin estos deberes, los
derechos dejarían de existir.
De aquí, le Mercier de la Riviere concluyó, disfrutar de la propiedad y, en
consecuencia, de la seguridad y la libertad son la esencia del orden natural
y fundamental de la sociedad. Este orden es parte del orden físico, y por lo
tanto sus características principales no son de ninguna manera arbitrarias.
Seguir estos principios aseguraba un orden propicio y funcional del sistema
social. Negarlo o actuar en contra de eso sería tan absurdo como aprobar
leyes que dictaminaran que los cereales deben cultivarse durante la
temporada de cosecha y la cosecha durante la temporada de cultivo. El
derecho de los hombres de producir libremente e intercambiar su producción
entre ellos provino de la naturaleza del hombre y sus circunstancias. En
realidad, le Mercier enfatizaba la necesidad de dejar el comercio doméstico
tan libre como sea posible. Y al mismo tiempo, el orden natural y
fundamental de la sociedad pide la mayor libertad posible de comercio
exterior en el interés común tanto del soberano como de la nación.
¿Pero si hubiera un orden natural de la sociedad, como asegura la armonía y
el balance en las actividades productivas entre los hombres? Una explicación
fue formulada por una de las figuras líderes de los fisiócratas, François
Quesnay. Por más de dos décadas Quesnay trabajó como médico del rey de
Francia, Luis XV. Pero su atención e intereses se orientaban igualmente
hacia el sistema social y su funcionamiento. Fundió su conocimiento de la
agricultura con su conocimiento como médico. Insistió en que era la
producción de la tierra -recursos naturales y producción alimentaria- lo que
era la base de toda prosperidad en la sociedad. Artículos de manufactura o
industriales eran derivados y no fuentes primarios de riqueza. Después de
todo, no habría nada para transformar en bienes finales de consumo y otros
usos productivos si los recursos de la tierra no hubieran sido minados y el
suelo no hubiera sido malgastado, entonces ambos, los que trabajan la tierra
y los que son empleados industriales en empresas tenían los medios para su
supervivencia material. Entonces, en la división del trabajo, eran los
sectores agrícolas los que formaban los cimientos de la sociedad y su
bienestar económico.
En el trabajo más famoso de Quesnay, Tableau Economique (Tabla Económica),
trazó la interdependencia de las muchas actividades especializadas dentro
del orden económico. Rastreó cómo los recursos y los alimentos que se
producían en el sector agrícola eran intercambiados por bienes
manufacturados de pueblos y ciudades. Los manufactureros y fabricantes
locales proveían a que los que trabajaban en la agricultura con las
herramientas e implementos que aumentaban su capacidad de producción sobre
la tierra como así también con artículos de consumo que los granjeros no
podían producir fácilmente por su medios. Cuanto más abundante fuera la
salida del campo, mayor sería la posibilidad de que la gente se libere de la
agricultura para especializarse en la manufactura en los pueblos. Y cuanto
más mejoras de manufactura especializada hubiera, mejores serían las
herramientas y equipamientos que aquellos en la agricultura podrían adquirir
para mejorar su propia productividad con el tiempo.
Los bienes circulaban en intercambio del campo a las ciudades y de las
ciudades al campo. Y la circulación de todos estos variados bienes entre la
ciudad y el campo era facilitado por medio del dinero. Quesnay desarrollo un
diagrama intrincado para demostrar cómo fluían los bienes por dinero y el
dinero por bienes a través de las variadas partes del sistema económico y
cómo la riqueza era distribuida entre los granjeros, productores y reyes.
Insistió en que el gobierno no tenía un rol esencial en dirigir o controlar
el flujo circular de bienes entre ciudad y campo y el correspondiente flujo
de dinero entre agricultura y manufactura para facilitar los intercambios.
Y más seguro, no había necesidad de que el gobierno regulara los precios al
cual debían comprarse y venderse los bienes. No intenten fijar los
precios, declaró Quesnay. Sólo la competencia puede regular los precios con
equidad.
Y lo mismo sucedía con el comercio internacional. El dogma del mercantilismo
de que el comercio entre las naciones siempre resultaba en una ganancia para
una y una pérdida para el otro comerciante, estaba equivocada. Espere, mi
amigo, espere y no se deje llevar por especulaciones políticas que buscan
persuadirlo de que en el comercio puede tomar ventajas a expensas de otras
naciones. Dado que un Dios justo y bueno ha visto que eso es imposible. La
mejor política para que siga el gobierno es laisser passer, laisser fair-
dejen que los bienes circulen entre los hombres por su propia decisión.
Las reformas políticas de Turgot
Otro miembro de la Escuela Fisiocrática, Anne-Robert-Jacques Turgot, puso en
práctica alguna de las ideas de mayor libertad económica, al menos en un
grado limitado. En 1761 Turgot tuvo el cargo de intendente (o gobernador) de
la provincia francesa de Limoges -un puesto que tuvo por 12 años y que le
daba poderes virtualmente absolutos dentro de los límites de la provincia
como el representante local de la autoridad central en París.
A comienzos de su administración terminó con uno de los impuestos más
opresivos y odiados en la provincia, el corvee, el trabajo compulsivo
requerido al campesinado para construir y reparar caminos, trabajo por el
cual los obreros no recibían pago alguno. Quien se resistiera o faltara al
puesto requerido podían ir a prisión o ser arrestados y obligados a
trabajar.
En su lugar, Turgot pagó salarios a obreros calificados para realizar el
trabajo en los caminos y estableció un impuesto moderado sobre todos los
contribuyentes de la provincia para cubrir los costos. En poco tiempo, los
caminos de Limoges eran considerados los más finos de Francia. Uno de los
contemporáneos de Turgot dijo acerca de la abolición del corvee: un
beneficio que hará que el nombre de Turgot sea bendecido por las
generaciones siguientes es la abolición del corvee. Hay semillas sobre las
que no componemos una oda, como en batallas ganadas, pero que valen más que
muchas victorias.
Más tarde, cuando Turgot ocupó el puesto de controlador general de toda
Francia, presidió sobre la abolición de este crudo y despreciado trabajo
forzoso en el país entero. Insistió en que era importante no sacrificar la
libertad de los súbditos del rey.
Otra reforma que Turgot implementó fue la abolición de las leyes que
restringían el libre flujo de los bienes agrícolas de una parte de Francia
hacia la otra, particularmente durante un tiempo de hambre. La libertad de
comercio entre las provincias de Francia aseguraría un giro parcial de
trigo, ofertas disponibles para aquellas provincias que experimentan
hambruna y un alto precio en los cereales para aquellas provincias que
experimentan gran abundancia y entonces significa menores precios para el
pan. Turgot dijo:
Es necesario, entonces, que el transporte y el almacenaje de granos sea
enteramente libre, dado que si los habitantes de una ciudad particular
poseen el derecho de prevenir que los granos se vayan a otra parte, las
otras ciudades se creerán con el mismo derecho, y entonces los lugares donde
la escasez es mayor, al no ser provistos por otros, serán condenados a
sufrir hambre. También, si los comerciantes que forman magazines de trigo
son expuestos a los insultos, a las violencias de la población, si los
magistrados por sus sospechas, por sus preguntas imprudentes, por
prescripciones para venderse a un precio bajo, sanciona al prejuicio popular
contra el comercio... nadie se dará a sí mismo... ¿Qué designio tiene la
gente en su propia ciega excitación? ¿Qué los comerciantes estarán obligados
a vender barato? ¿Qué deberían estar forzados a perder? ¿En este caso quién
les llevaría los granos? Los pavimentos de la ciudad no lo producirían.
Pronto, en lugares de mera escasez, la hambruna mundial continuaría.
Turgot también terminó con el alojamiento forzado de los soldados en los
hogares de las personas de la provincia. En su lugar, alquiló muchas casas y
construyó otras para terminar lo que había sido una práctica gubernamental
especialmente odiada por la gente.
Impuestos y gastos
En su último año como intendente de Limoges, en 1773, Turgot defendió una
mayor libertad económica general, diciendo, no conozco otra medio para
acelerar cualquier comercio que garantizar una mayor libertad y liberación
de todos los impuestos.
En agosto de 1774, Turgot obtuvo el puesto de controlador general de las
finanzas de Francia por el nuevo rey, Luis XVI. Las finanzas del gobierno
francés estaban en un caos absoluto por los exorbitantes gastos de la casa
real, con una deuda acumulada de 2.470.000.000 libras (una libra valía
entonces 20 centavos de dólar). Los gastos reales durante 1774 sólo fueron
399.200.000 libras, con ingresos por impuestos de sólo 371.980.000, dejando
un déficit de 27.220.000 libras.
Turgot le escribió al rey diciéndole que se debía evitar la quiebra del
estado francés pero que no se debía aumentar los impuestos y no debían tomar
más préstamos para cubrir gastos. En su lugar, le dijo que el gobierno debía
instituir una política de achicamiento a través de profundos recortes en el
gasto. También le dijo al rey que se daba cuenta del odio que se podía
esperar de quienes se habían acostumbrado a los favores financieros,
privilegios y subsidios del gobierno:
Preveo que estaré solo en la lucha contra los abusos de todo tipo, contra
los poderes de quienes se benefician de estos abusos, y en contra de la
multitud de gente prejuiciosa que se opone a todas las reformas, y que son
instrumentos tan poderosos en las manos de los partidos interesados en
perpetuar el desorden. Tendré que combatir incluso contra la bondad natural
y la generosidad de su Majestad, y de las personas más cercanas a usted.
Seré temido, e incluso odiado, por casi toda la Corte, por todos los que
solicitan favores.
Impresionante, todo lo que anticipó se hizo realidad. Pero antes de que lo
despidieran de su puesto, intentó llevar a cabo reformas de libre mercado
que consideraba esenciales para la mejora de la gente de Francia. Abolió
todas las restricciones sobre el libre comercio de granos dentro de Francia,
declarando, Toda persona será libre de llevar adelante, como les parezca
mejor, su intercambio de maíz y harina, comprarla y venderla, en cualquier
lugar que elijan dentro del reino. Abolió las prácticas del controlador
general a quien se le pagaban grandes coimas por establecer impuestos para
diversas provincias del país. Puso fin a las restricciones y abusos
financieros sobre los extranjeros residentes en Francia.
Eliminó las prácticas de impuestos discriminatorios contra varios segmentos
de la sociedad francesa que desalentaba la inversión y el trabajo. Demandó
que las autoridades provinciales redujeran sus trabas regulatorias sobre los
productores y mercaderes en sus áreas de jurisdicción. Se la pasó rompiendo
el poder de los monopolios privilegiados, terminando con las restricciones
legales que prohibían a nuevos competidores ingresar a algunos mercados de
impuestos locales que hacían que el ingreso a un determinado mercado fuera
de costo muy alto.
Finalmente, para poner las finanzas gubernamentales bajo control, Turgot
comenzó el agotador proceso de eliminar niveles de burocracia e
intermediarios privilegiados de la corte que utilizaban sus posiciones para
obtener coimas de quienes estaban deseosos de privilegios políticos y
beneficios. Dijo, Es el interés de todo el reino el que debemos considerar,
los intereses y derechos de todos nuestros súbditos, quienes, como
compradores y vendedores, tienen un igual derecho a encontrar un mercado
para sus bienes y procurarse el objeto de sus necesidades en los términos
más ventajosos para ellos mismos.
Cuanto más aplicaba, Turgot, estas reformas de mercado, mayor era el número
de interesados que se veían con el objetivo común de derrocarlo. La nobleza
y los funcionarios formaron un frente común para oponérsele- el último grupo
porque fue sospechado de posturas liberales en la religión. Los intereses
de la manufactura que temía los vientos libres de la competencia en sus
rincones del mercado trabajaron muy duro para derrocarlo. La burocracia y
los miembros de la corte real que vieron sus privilegios, sus ingresos por
impuestos y sus fuentes de coimas y favores desaparecer, operaron contra él.
Finalmente, el 12 de mayo de 1776, el rey despidió a Turgot. El poder de los
interesados había triunfado sobre el reformador economista que soñaba con
hacer de Francia un país libre y próspero. De esta forma, también la última
chance de Francia de una transformación económica antes del caos financiero
y de corrupción del gobierno que llevaría a la catástrofe y el terror de la
Revolución Francesa que comenzó en 1789.