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EL LIBERALISMO CLÁSICO EN EL SIGLO XXI: LIBERTAD DE COMERCIO
por Richard M. Ebeling, octubre 2002

Antes del siglo XIX, los gobiernos de los principales países europeos y sus imperios coloniales alrededor del mundo dieron por hecho que tenían tanto el derecho como la responsabilidad de controlar y dirigir las actividades económicas de sus sujetos. En realidad, las tierras y las personas en estos países eran consideradas propiedad del rey o el príncipe, para usarlos o disponer de ellos en la forma que consideraran más beneficioso para sus intereses. Siempre que el monarca pusiera interés en el bienestar inmediato de sus individuos, era sólo un medio necesario para el fin de su propio bien.

En 1915, por ejemplo, Antoine de Montchretien escribió un libro titulado “Un tratado de Política Económica”, dirigido a los monarcas de Francia, en el cual advertía los peligros de permitir la competencia de vendedores extranjeros en el mercado francés:

“En primer lugar, le destaco a sus majestades que todos los implementos, las manufacturas de las que están a cargo, tanto dentro como fuera del reino, no sólo en ciudades sino en todas las provincias, pueden hacerse en forma abundante y a un muy buen precio en su país. Es más, que permitir el ingreso y recibir bienes hechos en el exterior, aquí significa quitarle la vida a miles de sus súbditos a quienes esta industria es una herencia y la fuente de sus ingresos; significa reducir su propia riqueza que deriva y se incrementa de la riqueza de la gente”.

Montchretien ofreció una conclusión a los monarcas: “entonces déjennos apoyarnos en los frutos de nuestro propio trabajo, es decir, déjennos confiar en nosotros mismos”.

Expresado aquí en forma bastante clara, aparecía la idea de que el comercio con otros países era la fuente del desastre nacional, incluyendo pérdidas de trabajos y caídas en los ingresos. Minaba las tradiciones comerciales que eran consideradas la “herencia” de la gente, y reducía los ingresos y riquezas del gobierno al bajar los ingresos impositivos.

Y aquí, también, se encuentra el concepto de independencia económica nacional -autarquía- en la cual el país establece objetivos para producir y manufacturar todo lo que sus residentes requieren puramente a través de la producción doméstica. Esta era la esencia del sistema económico de la época, conocido como mercantilismo.

Pero para prevenir que los súbditos del rey comerciaran con los compradores y vendedores de otros países era necesario el uso del poder del estado, tanto para prohibir las transacciones que desaprobaba el rey, como para obligar a los productores a manufacturar lo que el monarca consideraba deseable y venderlo a precios que él consideraba “justos” y “equitativos”.


El mercantilismo en Francia

Francia fue el país que más determinado estuvo en imponer y forzar estos controles y comandos económicos. En la primera década del siglo XIX, el liberal clásico francés, Charles Comte describió en su libro “The Passage of Liberty” (El camino de la libertad) el funcionamiento del mercantilismo francés en el siglo XVIII:

“El Estado ejercitaba sobre la industria manufacturera la jurisdicción más ilimitada y arbitraria. Disponía sin escrúpulos de los recursos de los productores; decidía quién podía trabajar, qué cosas tenía permiso para hacer, qué materiales debía emplear, que procesos seguir, qué formas debería tener la producción.

No era suficiente hacerlo bien, hacerlo mejor; era necesario hacerlo de acuerdo a las reglas... Debían seguirse, no los gustos de los consumidores, sino las órdenes de la ley. Legiones de inspectores, comisionados, controladores, jueces, guardianes tenían a su cargo la ejecución de esa ley.

Se rompían máquinas y se quemaban productos cuando no estaban de acuerdo a las reglas. Había tipos diferentes de reglas para bienes destinados al consumo hogareño y para aquellos destinados a la exportación. Un artesano no podía siquiera elegir el lugar en el cual establecerse, ni trabajar durante todo el año, ni para todos sus clientes.

Hay un decreto del 30 de marzo de 1700 que limita a 18 ciudades, el número de lugares donde se podían tejer las medias. Un decreto del 18 de junio de 1723 obliga a los productores de Rouen a suspender sus trabajos desde el 1 de julio hasta el 15 de septiembre, par facilitar la cosecha.

Luis XIV, cuando intentó construir la colonia del Louvre, prohibió a todas las personas privadas a utilizar obreros sin permiso, con una pena de 10.000 libras, y prohibió a los obreros trabajar para personas privadas, bajo la pena de prisión o cocina de a bordo.”

También hay un testimonio de Monsieur Roland, que vivió en la ciudad de Rouen, acerca del tratamiento de los hombres de negocio y los mercaderes acusados de violar las reglas y regulaciones:

“Los productores han sido detenidos, enjuiciados y condenados; sus bienes eran confiscados; se pegaban copias del juicio de confiscación en todos los lugares públicos; se perdía y destruía toda la fortuna, reputación y crédito. ¿Y por qué ofensa? Por que habían hecho un tipo de tela llamado pelusa, tal como los ingleses solían manufacturar, e incluso vender en Francia, mientras que las regulaciones francesas establecían que ese tipo de tela debía ser hecha de mohair.

He visto a otros productores tratados en la misma manera, porque habían hecho camlets (los cuellos de las blusas de las mujeres) de un ancho particular, usado en Inglaterra y Alemania, por el cual había gran demanda en España, Portugal y otros países, y en otras partes de Francia, que las regulaciones francesas prohibían otros anchos...”


Mercados negros

Pero las demandas del mercado y los incentivos de ganancias no pueden ser reprimidos. Y lo que el gobierno no permitía, los mercados negros lo entregaban en forma ilegal. En la década de 1840, Jerome-Adophe Blanque destacó en su libro “History of Political Economy in Europe” (Historia de la Política Económica en Europa), “si examinamos cuidadosamente los períodos cuando el contrabando prosperaba, estaremos fácilmente convenidos de que siempre ha sido en países y en momentos en los que el sistema mercantilista estaba en vigor”.

Como lo explicó Blanque, “está en la naturaleza de las malas instituciones, el nunca ser respetadas, y dar a luz a protestas que terminan trayendo la reforma; el contrabando era para el sistema exclusivista (mercantilismo) la protesta más constante y expresiva ... Es tan exacta en sus entregas como el más escrupuloso de los mercaderes; enfrenta las temporadas y desafía las líneas más vigiladas de las aduanas, a tal grado que las compañías de seguro que la protege cuentan con menos pérdidas que cualquier otra.

El contrabando es, en realidad, el único medio que continúa siendo para las industrias el recurso para procurarse los productos prohibidos cuyo uso les es indispensable...

Es gracias al contrabando que el comercio no pereció bajo el régimen prohibitivo...

Mientras los eruditos discuten y el comercio suplica, el contrabando actúa y decide sobre las fronteras; se presenta a sí mismo con poder irresistible, poder de hechos reales, y la libertad de comercio nunca ha obtenido una victoria para el cual el contrabando no hubiera preparado el camino”.

El economista francés no era el único que apoyaba las actividades del mercado negro. El economista inglés del siglo XIX, Nassau Senior dijo lo mismo en 1827 e igualmente en términos claros. “el contrabandista es un reformador radical y juicioso”, dijo. “El contrabandista es esencial para el bienestar de toda la nación. Todo el comercio exterior depende de él.”

Pero a todo el bien que el mercado negro proveía, Senior lo consideraba una pequeña compensación al peso y costo que los controles de gobierno imponían a la sociedad. “Estoy lejos de pensar que el efecto directo de sus (los contrabandistas) esfuerzos al darnos un mercado libre en esos productos que, por su bulto y valor, caen dentro de su provincia, son una compensación pro el crimen, la miseria y el gasto público” del sistema mercantilista.


Mercantilismo y estado de bienestar

El sistema presionó sobre la gente como un peso grande y gigante. Como ejemplos finales de su increíble peso y omnipresencia, tenemos las observaciones de Alexis de Tocqueville en su libro “El antiguo régimen y la revolución”. Nos ayuda a ver que en Francia bajo las políticas mercantilistas, el régimen tomó las características tanto de la economía planificada como la del estado de bienestar:

“El gobierno tenía una mano sobre la administración de todas las ciudades de su reino, grandes y chicas. Era consultado sobre todos los súbditos, y daba opiniones decididas sobre todo; hasta incluso regulaba los festivales. Era el gobierno el que daba órdenes para los festejos públicos, fuegos artificiales e iluminaciones...

No había ni Parlamentos, ni estados, ni gobernadores; nada más que treinta dueños de las respuestas (es decir, las cabezas de las agencias de planeamiento burocrático de Paris), en quienes, en lo que respectaba a las provincias dependía enteramente el bienestar, la miseria, la necesidad o la abundancia...

Bajo el antiguo régimen, como en nuestros días, ni las ciudades, ni los pueblos, ni los asentamientos, ni las aldeas, sin importar cuán pequeños, ni los hospitales, iglesias, conventos, colegios podían ejercitar el libre albedrío en sus asuntos privados, o administrar su propiedad, como decidieran que fuera mejor. Entonces, como ahora, la administración era el guardián de todos los franceses...

Se necesitaba una maquinaria muy extensiva para que el gobierno pudiera saber todo y administrar todo en Paris. La cantidad de documentos que se llenaban era enorme, y la lentitud con la cual se realizaban los negocios públicos era tal que no pude encontrar ningún caso en el que la ciudad obtuviera permiso para levantar el campanario de una iglesia o reparar su presbiterio en menos de un año. En líneas generales, esas peticiones llevaban dos o tres años.

Los ministros están cargados con detalles de negocios. Todo se hace con ellos o a través de ellos, y si su información no es coextensiva con su poder, están forzados a dejar actuar a sus empleados como deseen, y convertirse en verdaderos dueños de la tierra (es decir, la autoridad era delegada a una burocracia permanente)...

Una característica distintiva del gobierno francés, incluso en aquellos días, era el odio al que llevaba a todos los que, nobles o no, pretendían ocuparse de los asuntos públicos sin su conocimiento. Amenazó al más mínimo ente público que se animara a existir sin permiso. Esto fue interrumpido por la formación de la sociedad libre. No podía construir ninguna asociación más de la que había formado en forma arbitraria y a la que presidía. En una palabra, se oponía a que la gente se preocupara por sus propios intereses, y prefería una inercia general hacia la rivalidad...

Como el gobierno había asumido el lugar de la providencia, la gente naturalmente invocó su ayuda para necesidades privadas. Montones de peticiones se recibían de personas que querían sus pequeños fines privados servidos, siempre por el bien público...

Nadie esperaba ser exitoso en una empresa salvo que el estado lo ayudara. Los agricultores, que, como clase, son generalmente cabezas duras y poco dóciles, se creyeron que la caída de la agricultura se debía a la falta de consejos y asistencia del gobierno...

Tristes al leer esto: granjeros pidiendo que se les reembolsara el valor de sus terneros y caballos perdidos; hombres en circunstancias fáciles suplicando por un préstamo que les permitiera trabajar su tierra para mayor ventaja; productores solicitando monopolios para destruir a la competencia; hombres de negocios confiando sus vergüenzas pecuniarias al intendente (el burócrata local), y suplicando por asistencia o préstamos. Parecería que los fondos públicos debían ser usados de esta manera...

Francia no es nada más que París y algunas provincias distantes que París aún no ha tenido tiempo de absorber.”

Este era el mundo creado por el mercantilismo. Quizás no tan invasivo y profundo en todos los países como en la Francia real, pero de todas formas presente y omnipresente en todos lados.

Pero finalmente se levantaron voces contra el sistema mercantilista, que comenzaron en la segunda mitad del siglo XVIII. Y de estas voces vino la lógica y los argumentos que traerían el triunfo del principio de la libertad de comercio en el siglo XIX y la visión de una sociedad libre que ahora nos llama de nuevo en el amanecer del siglo XXI.


Los defensores del libre comercio

En el siglo XVII comenzó a aparecer una revolución fundamental contra las premisas y políticas del mercantilismo. Estas ideas minaron las bases de la regulación gubernamental y el control de los asuntos económicos de la gente de la sociedad europea. En su lugar apareció una concepción y una visión de una sociedad libre basada en la libertad individual, libre comercio y prosperidad de mercado y orientada hacia el mercado. Los dos centros fundamentales para estos cambios fueron Francia y Escocia.

En Francia los defensores de la nueva idea de libertad económica fueron conocidos como fisiócratas. También les gustaba llamarse “los economistas”. Un punto central de su crítica del estado regulador de su época era la insistencia de que había un orden natural de las cosas en el mundo social tanto como en el mundo físico. Un orden adecuado de instituciones sociales requería un reflejo de la naturaleza del hombre, sus requerimientos de supervivencia y mejora, y su relación con los otros en la sociedad.

Una de las declaraciones más claras de este concepto del hombre y del orden social estaba presentado por Pierre-Paul le Mercier de la Riviere en su trabajo de 1767, “The Natural and Essential Order of Political Societies” (El Orden natural y esencial de las sociedades políticas). Cada hombre, decía, tiene un derecho natural de asegurarse lo necesario para su subsistencia. Y este derecho era la piedra angular para deducir las relaciones que serían tanto justas como enriquecedores para todos los hombres:

“No creo que alguien vaya a negar la existencia del derecho natural de asegurarse la propia subsistencia. Este derecho básico es, en realidad, sólo el resultado de un deber básico que se impone sobre el hombre bajo la pena de dolor o incluso de la muerte... Ahora, debe quedar claro que el derecho del hombre de asegurar su propia supervivencia incluye el derecho de adquirir, por medio de su trabajo, aquellas cosas que le son útiles para su existencia como así también el derecho de guardarlas luego de adquiridas. Es evidente que este segundo derecho es sólo parte del primero, porque uno no puede haberse comprado lo que no tiene el derecho de guardar; el derecho de adquirir y el derecho de guardar forman juntos sólo uno y el mismo derecho a pesar de que se consideren en diferentes tiempos...

La propiedad exclusiva de su persona, que llamaré propiedad personal es entonces para cada hombre un derecho por absoluta necesidad, y como esta propiedad personal exclusiva quedaría nula sin el derecho exclusivo de propiedad sobre aquellas cosas que el hombre compra con su trabajo, este segundo derecho exclusivo de propiedad, al que llamaré propiedad negociable es una necesidad absoluta, como el primero del cual deriva... Una vez que uno se da cuenta de que es absolutamente necesario que la propiedad personal y la negociable son derechos exclusivos, somos capaces de darnos cuenta que cada hombre también tiene deberes que son de absoluta necesidad. Estos deberes consisten en la obligación de no invadir los derechos de propiedad de los otros, porque es evidente que sin estos deberes, los derechos dejarían de existir.”

De aquí, le Mercier de la Riviere concluyó, “disfrutar de la propiedad y, en consecuencia, de la seguridad y la libertad son la esencia del orden natural y fundamental de la sociedad. Este orden es parte del orden físico, y por lo tanto sus características principales no son de ninguna manera arbitrarias.”

Seguir estos principios aseguraba un orden propicio y funcional del sistema social. Negarlo o actuar en contra de eso sería tan absurdo como aprobar leyes que dictaminaran que los cereales deben cultivarse durante la temporada de cosecha y la cosecha durante la temporada de cultivo. El derecho de los hombres de producir libremente e intercambiar su producción entre ellos provino de la naturaleza del hombre y sus circunstancias. En realidad, le Mercier enfatizaba “la necesidad de dejar el comercio doméstico tan libre como sea posible”. Y al mismo tiempo, “el orden natural y fundamental de la sociedad pide la mayor libertad posible de comercio exterior en el interés común tanto del soberano como de la nación.”

¿Pero si hubiera un orden natural de la sociedad, como asegura la armonía y el balance en las actividades productivas entre los hombres? Una explicación fue formulada por una de las figuras líderes de los fisiócratas, François Quesnay. Por más de dos décadas Quesnay trabajó como médico del rey de Francia, Luis XV. Pero su atención e intereses se orientaban igualmente hacia el sistema social y su funcionamiento. Fundió su conocimiento de la agricultura con su conocimiento como médico. Insistió en que era la producción de la tierra -recursos naturales y producción alimentaria- lo que era la base de toda prosperidad en la sociedad. Artículos de manufactura o industriales eran derivados y no fuentes primarios de riqueza. Después de todo, no habría nada para transformar en bienes finales de consumo y otros usos productivos si los recursos de la tierra no hubieran sido minados y el suelo no hubiera sido malgastado, entonces ambos, los que trabajan la tierra y los que son empleados industriales en empresas tenían los medios para su supervivencia material. Entonces, en la división del trabajo, eran los sectores agrícolas los que formaban los cimientos de la sociedad y su bienestar económico.

En el trabajo más famoso de Quesnay, “Tableau Economique” (Tabla Económica), trazó la interdependencia de las muchas actividades especializadas dentro del orden económico. Rastreó cómo los recursos y los alimentos que se producían en el sector agrícola eran intercambiados por bienes manufacturados de pueblos y ciudades. Los manufactureros y fabricantes locales proveían a que los que trabajaban en la agricultura con las herramientas e implementos que aumentaban su capacidad de producción sobre la tierra como así también con artículos de consumo que los granjeros no podían producir fácilmente por su medios. Cuanto más abundante fuera la salida del campo, mayor sería la posibilidad de que la gente se libere de la agricultura para especializarse en la manufactura en los pueblos. Y cuanto más mejoras de manufactura especializada hubiera, mejores serían las herramientas y equipamientos que aquellos en la agricultura podrían adquirir para mejorar su propia productividad con el tiempo.

Los bienes circulaban en intercambio del campo a las ciudades y de las ciudades al campo. Y la circulación de todos estos variados bienes entre la ciudad y el campo era facilitado por medio del dinero. Quesnay desarrollo un diagrama intrincado para demostrar cómo fluían los bienes por dinero y el dinero por bienes a través de las variadas partes del sistema económico y cómo la riqueza era distribuida entre los granjeros, productores y reyes.

Insistió en que el gobierno no tenía un rol esencial en dirigir o controlar el flujo circular de bienes entre ciudad y campo y el correspondiente flujo de dinero entre agricultura y manufactura para facilitar los intercambios.

Y más seguro, no había necesidad de que el gobierno regulara los precios al cual debían comprarse y venderse los bienes. “No intenten fijar los precios”, declaró Quesnay. Sólo la competencia puede regular los precios con equidad.”

Y lo mismo sucedía con el comercio internacional. El dogma del mercantilismo de que el comercio entre las naciones siempre resultaba en una ganancia para una y una pérdida para el otro comerciante, estaba equivocada. “Espere, mi amigo, espere y no se deje llevar por especulaciones políticas que buscan persuadirlo de que en el comercio puede tomar ventajas a expensas de otras naciones. Dado que un Dios justo y bueno ha visto que eso es imposible”. La mejor política para que siga el gobierno es “laisser passer, laisser fair”- dejen que los bienes circulen entre los hombres por su propia decisión.


Las reformas políticas de Turgot

Otro miembro de la Escuela Fisiocrática, Anne-Robert-Jacques Turgot, puso en práctica alguna de las ideas de mayor libertad económica, al menos en un grado limitado. En 1761 Turgot tuvo el cargo de intendente (o gobernador) de la provincia francesa de Limoges -un puesto que tuvo por 12 años y que le daba poderes virtualmente absolutos dentro de los límites de la provincia como el representante local de la autoridad central en París.

A comienzos de su administración terminó con uno de los impuestos más opresivos y odiados en la provincia, el corvee, el trabajo compulsivo requerido al campesinado para construir y reparar caminos, trabajo por el cual los obreros no recibían pago alguno. Quien se resistiera o faltara al puesto requerido podían ir a prisión o ser arrestados y obligados a trabajar.

En su lugar, Turgot pagó salarios a obreros calificados para realizar el trabajo en los caminos y estableció un impuesto moderado sobre todos los contribuyentes de la provincia para cubrir los costos. En poco tiempo, los caminos de Limoges eran considerados los más finos de Francia. Uno de los contemporáneos de Turgot dijo acerca de la abolición del corvee: “un beneficio que hará que el nombre de Turgot sea bendecido por las generaciones siguientes es la abolición del corvee. Hay semillas sobre las que no componemos una oda, como en batallas ganadas, pero que valen más que muchas victorias.”

Más tarde, cuando Turgot ocupó el puesto de controlador general de toda Francia, presidió sobre la abolición de este crudo y despreciado trabajo forzoso en el país entero. Insistió en que era importante “no sacrificar la libertad de los súbditos del rey.”

Otra reforma que Turgot implementó fue la abolición de las leyes que restringían el libre flujo de los bienes agrícolas de una parte de Francia hacia la otra, particularmente durante un tiempo de hambre. La libertad de comercio entre las provincias de Francia aseguraría un giro parcial de trigo, ofertas disponibles para aquellas provincias que experimentan hambruna y un alto precio en los cereales para aquellas provincias que experimentan gran abundancia y entonces significa menores precios para el pan. Turgot dijo:

“Es necesario, entonces, que el transporte y el almacenaje de granos sea enteramente libre, dado que si los habitantes de una ciudad particular poseen el derecho de prevenir que los granos se vayan a otra parte, las otras ciudades se creerán con el mismo derecho, y entonces los lugares donde la escasez es mayor, al no ser provistos por otros, serán condenados a sufrir hambre. También, si los comerciantes que forman magazines de trigo son expuestos a los insultos, a las violencias de la población, si los magistrados por sus sospechas, por sus preguntas imprudentes, por prescripciones para venderse a un precio bajo, sanciona al prejuicio popular contra el comercio... nadie se dará a sí mismo... ¿Qué designio tiene la gente en su propia ciega excitación? ¿Qué los comerciantes estarán obligados a vender barato? ¿Qué deberían estar forzados a perder? ¿En este caso quién les llevaría los granos? Los pavimentos de la ciudad no lo producirían. Pronto, en lugares de mera escasez, la hambruna mundial continuaría.”

Turgot también terminó con el alojamiento forzado de los soldados en los hogares de las personas de la provincia. En su lugar, alquiló muchas casas y construyó otras para terminar lo que había sido una práctica gubernamental especialmente odiada por la gente.


Impuestos y gastos

En su último año como intendente de Limoges, en 1773, Turgot defendió una mayor libertad económica general, diciendo, “no conozco otra medio para acelerar cualquier comercio que garantizar una mayor libertad y liberación de todos los impuestos”.

En agosto de 1774, Turgot obtuvo el puesto de controlador general de las finanzas de Francia por el nuevo rey, Luis XVI. Las finanzas del gobierno francés estaban en un caos absoluto por los exorbitantes gastos de la casa real, con una deuda acumulada de 2.470.000.000 libras (una libra valía entonces 20 centavos de dólar). Los gastos reales durante 1774 sólo fueron 399.200.000 libras, con ingresos por impuestos de sólo 371.980.000, dejando un déficit de 27.220.000 libras.

Turgot le escribió al rey diciéndole que se debía evitar la quiebra del estado francés pero que no se debía aumentar los impuestos y no debían tomar más préstamos para cubrir gastos. En su lugar, le dijo que el gobierno debía instituir una política de achicamiento a través de profundos recortes en el gasto. También le dijo al rey que se daba cuenta del odio que se podía esperar de quienes se habían acostumbrado a los favores financieros, privilegios y subsidios del gobierno:

“Preveo que estaré solo en la lucha contra los abusos de todo tipo, contra los poderes de quienes se benefician de estos abusos, y en contra de la multitud de gente prejuiciosa que se opone a todas las reformas, y que son instrumentos tan poderosos en las manos de los partidos interesados en perpetuar el desorden. Tendré que combatir incluso contra la bondad natural y la generosidad de su Majestad, y de las personas más cercanas a usted. Seré temido, e incluso odiado, por casi toda la Corte, por todos los que solicitan favores.”

Impresionante, todo lo que anticipó se hizo realidad. Pero antes de que lo despidieran de su puesto, intentó llevar a cabo reformas de libre mercado que consideraba esenciales para la mejora de la gente de Francia. Abolió todas las restricciones sobre el libre comercio de granos dentro de Francia, declarando, “Toda persona será libre de llevar adelante, como les parezca mejor, su intercambio de maíz y harina, comprarla y venderla, en cualquier lugar que elijan dentro del reino.” Abolió las prácticas del controlador general a quien se le pagaban grandes coimas por establecer impuestos para diversas provincias del país. Puso fin a las restricciones y abusos financieros sobre los extranjeros residentes en Francia.

Eliminó las prácticas de impuestos discriminatorios contra varios segmentos de la sociedad francesa que desalentaba la inversión y el trabajo. Demandó que las autoridades provinciales redujeran sus trabas regulatorias sobre los productores y mercaderes en sus áreas de jurisdicción. Se la pasó rompiendo el poder de los monopolios privilegiados, terminando con las restricciones legales que prohibían a nuevos competidores ingresar a algunos mercados de impuestos locales que hacían que el ingreso a un determinado mercado fuera de costo muy alto.

Finalmente, para poner las finanzas gubernamentales bajo control, Turgot comenzó el agotador proceso de eliminar niveles de burocracia e intermediarios privilegiados de la corte que utilizaban sus posiciones para obtener coimas de quienes estaban deseosos de privilegios políticos y beneficios. Dijo, “Es el interés de todo el reino el que debemos considerar, los intereses y derechos de todos nuestros súbditos, quienes, como compradores y vendedores, tienen un igual derecho a encontrar un mercado para sus bienes y procurarse el objeto de sus necesidades en los términos más ventajosos para ellos mismos.”

Cuanto más aplicaba, Turgot, estas reformas de mercado, mayor era el número de interesados que se veían con el objetivo común de derrocarlo. La nobleza y los funcionarios formaron un frente común para oponérsele- el último grupo porque fue sospechado de posturas “liberales” en la religión. Los intereses de la manufactura que temía los vientos libres de la competencia en sus rincones del mercado trabajaron muy duro para derrocarlo. La burocracia y los miembros de la corte real que vieron sus privilegios, sus ingresos por impuestos y sus fuentes de coimas y favores desaparecer, operaron contra él.

Finalmente, el 12 de mayo de 1776, el rey despidió a Turgot. El poder de los interesados había triunfado sobre el reformador “economista” que soñaba con hacer de Francia un país libre y próspero. De esta forma, también la última chance de Francia de una transformación económica antes del caos financiero y de corrupción del gobierno que llevaría a la catástrofe y el terror de la Revolución Francesa que comenzó en 1789.

 

Richard M. Ebeling es Vicepresidente de Asuntos Académicos de The Future of Freedom Foundation. Este artículo fue originalmente publicado por Freedom Daily.  


Traducción: Hernán Alberro.

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