Desde el 11 de septiembre, la seguridad y la libertad han estado en primer
plano. Igual que en la mayor parte de las crisis, algunos norteamericanos
consideran que la solución es un Estado central con mayores poderes. ¿Es
así?
En respuesta al interés crecido en la protección, el gobierno federal ha
adoptado una serie de supuestas "soluciones" para la amenaza del terrorismo,
de las cuales todas resultan aumentar el poder del Estado. Ejemplos del modo
en que nuestros dirigentes políticos han respondido al peligro de nuevos
atentados terroristas, los son la federalización de la seguridad en los
aereopuertos, los mayores controles de la inmigración, la expansión de los
poderes policiales y el encarcelamiento de ciudadanos norteamericanos sin
proceso de juicio.
Es fácil comprender por qué los norteamericanos han acudido al Estado tras
este asalto cometido dentro de nuestras fronteras. Después de todo, la
primera responsabilidad del Estado es defender a los ciudadanos de la
agresión aquí en casa.
Pero, ¿qué pasa si los Estados Unidos han sido atacados por terroristas
extranjeros, a causa de la política exterior intervencionista de nuestro
gobierno, la que incluye bombardeos y embargos comerciales, y no por la
libertad y el grado de abertura que existen en nuestra cultura, como quieren
que creamos muchos expertos y funcionarios estatales?
Si es así, el pueblo estadounidense ha de comenzar a preguntarse si la
pérdida ineludible d ela libertad, que acompaña todo crecimiento del poder
estatal, es un modo eficaz y deseable de protegernos del terrorismo.
Durante el primer siglo de la existencia de nuestra patria, los
estadounidenses no enfrentamos casi ninguna amenaza. El mundo no era un
lugar pacífico ni mucho menos, pero Estados Unidos logró en gran medida
evitar los antiguos conflictos europeos manteniendo una actitud de
neutralidad. Como dijo el presidente John Quincy Adams, "Allí donde se haya
izado la bandera de la libertad y la independencia, allí estarán el corazón,
las bendiciones y las oraciones [de América]. Pero ella no sale al
extranjero en búsqueda de monstruos a destruir."
Al mismo tiempo, Estados Unidos gozaba de un período de prosperidad
económica inaudita. Mientras que las naciones europeas se daban a golpes,
los norteamericanos individuales cambiaban sus mercancías y sus servicios
con gente de todo el mundo y establecían relaciones y amistades fundadas en
el beneficio mutuo y la buena voluntad.
En vez de verse como una posible amenaza, los inmigrantes recibían la
bienvenida y no enfrentaban casi ningún obstáculo al entrar al país. El
resultado fue un aumento en el nivel de vida sin comparación en la historia
de la civilización.
En comparación, hoy día nuestros dirigentes políticos insisten en mantener
un imperio de ultramar para servir de policía del mundo y en mantener tropas
en más de cien países, ingiriendo en un sinnúmero de conflictos alrededor
del orbe terrestre. Estados Unidos se ha desviado lejos del sabio consejo de
Tomás Jefferson, el que favoreció "la amistad honrada con todas las
naciones" y "alianzas enredadoras con ninguna."
En el siglo XIX, cuando el Estado norteamericano se limitó a servir de
sereno y dejó a los ciudadanos libres para buscar la amistad y el comercio
mundiales, nuestra patria fue como un faro para el mundo entero. Nuestra
sociedad de asimilación reflejó el comentario de Voltaire respecto a las
grandes sociedades capitalistas del siglo XVIII, en las que "el judío, el
mahometano y el cristiano se trataban como si todos fueran de la misma fe."
Nuestra historia sirve de pauta para el presente. El dar rienda suelta al
gobierno federal en la política extranjera, mientras se roen las queridas
libertades tales como la privacidad, el libre movimiento y el debido proceso
de ley, no rinde beneficios a nadie y sólo resulta en poner en peligro al
pueblo norteamericano. La limitación del poder estatal hacia el extranjero y
la expansión de la libertad individual y del libre comercio: estas son las
medidas que podrán fomentar la paz, la prosperidad y la buena voluntad
internacional.
Por lo tanto, la solución al dilema del terrorismo, consiste en atar a
nuestros dirigentes con "las cadenas de la Constitución" respecto a la
política extranjera y volver a liberar al pueblo norteamericano, para que
podamos dar la mano de la amistad al mundo.