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Para protegernos del terrorismo
by Scott McPherson, octubre 2, 2002

Desde el 11 de septiembre, la seguridad y la libertad han estado en primer plano. Igual que en la mayor parte de las crisis, algunos norteamericanos consideran que la solución es un Estado central con mayores poderes. ¿Es así?

En respuesta al interés crecido en la protección, el gobierno federal ha adoptado una serie de supuestas "soluciones" para la amenaza del terrorismo, de las cuales todas resultan aumentar el poder del Estado. Ejemplos del modo en que nuestros dirigentes políticos han respondido al peligro de nuevos atentados terroristas, los son la federalización de la seguridad en los aereopuertos, los mayores controles de la inmigración, la expansión de los poderes policiales y el encarcelamiento de ciudadanos norteamericanos sin proceso de juicio.

Es fácil comprender por qué los norteamericanos han acudido al Estado tras este asalto cometido dentro de nuestras fronteras. Después de todo, la primera responsabilidad del Estado es defender a los ciudadanos de la agresión aquí en casa.

Pero, ¿qué pasa si los Estados Unidos han sido atacados por terroristas extranjeros, a causa de la política exterior intervencionista de nuestro gobierno, la que incluye bombardeos y embargos comerciales, y no por la libertad y el grado de abertura que existen en nuestra cultura, como quieren que creamos muchos expertos y funcionarios estatales?

Si es así, el pueblo estadounidense ha de comenzar a preguntarse si la pérdida ineludible d ela libertad, que acompaña todo crecimiento del poder estatal, es un modo eficaz y deseable de protegernos del terrorismo.

Durante el primer siglo de la existencia de nuestra patria, los estadounidenses no enfrentamos casi ninguna amenaza. El mundo no era un lugar pacífico ni mucho menos, pero Estados Unidos logró en gran medida evitar los antiguos conflictos europeos manteniendo una actitud de neutralidad. Como dijo el presidente John Quincy Adams, "Allí donde se haya izado la bandera de la libertad y la independencia, allí estarán el corazón, las bendiciones y las oraciones [de América]. Pero ella no sale al extranjero en búsqueda de monstruos a destruir."

Al mismo tiempo, Estados Unidos gozaba de un período de prosperidad económica inaudita. Mientras que las naciones europeas se daban a golpes, los norteamericanos individuales cambiaban sus mercancías y sus servicios con gente de todo el mundo y establecían relaciones y amistades fundadas en el beneficio mutuo y la buena voluntad.

En vez de verse como una posible amenaza, los inmigrantes recibían la bienvenida y no enfrentaban casi ningún obstáculo al entrar al país. El resultado fue un aumento en el nivel de vida sin comparación en la historia de la civilización.

En comparación, hoy día nuestros dirigentes políticos insisten en mantener un imperio de ultramar para servir de policía del mundo y en mantener tropas en más de cien países, ingiriendo en un sinnúmero de conflictos alrededor del orbe terrestre. Estados Unidos se ha desviado lejos del sabio consejo de Tomás Jefferson, el que favoreció "la amistad honrada con todas las naciones" y "alianzas enredadoras con ninguna."

En el siglo XIX, cuando el Estado norteamericano se limitó a servir de sereno y dejó a los ciudadanos libres para buscar la amistad y el comercio mundiales, nuestra patria fue como un faro para el mundo entero. Nuestra sociedad de asimilación reflejó el comentario de Voltaire respecto a las grandes sociedades capitalistas del siglo XVIII, en las que "el judío, el mahometano y el cristiano se trataban como si todos fueran de la misma fe."

Nuestra historia sirve de pauta para el presente. El dar rienda suelta al gobierno federal en la política extranjera, mientras se roen las queridas libertades tales como la privacidad, el libre movimiento y el debido proceso de ley, no rinde beneficios a nadie y sólo resulta en poner en peligro al pueblo norteamericano. La limitación del poder estatal hacia el extranjero y la expansión de la libertad individual y del libre comercio: estas son las medidas que podrán fomentar la paz, la prosperidad y la buena voluntad internacional.

Por lo tanto, la solución al dilema del terrorismo, consiste en atar a nuestros dirigentes con "las cadenas de la Constitución" respecto a la política extranjera y volver a liberar al pueblo norteamericano, para que podamos dar la mano de la amistad al mundo.

 

Scott McPherson es asesor de política de The Future of Freedom Foundation (www.fff.org) en Fairfax, estado de Virginia  

 

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