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Por Palabra Clave

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Falsas alternativas
por Sheldon Richman, diciembre 1999

Es una tìpica alternativa falsa: Unos sostienen que la polìtica comercial deberìa ser elaborada democráticamente por cada nación. Otros afirman que deberìa efectuarla una cuidada burocracia internacional: la Organización Mundial del Comercio.

Ambos se equivocan. La polìtica comercial deberìa realizarse por y para cada individuo. Eso es el libre comercio.

El libre comercio fue históricamente parte de una polìtica integral de laissez faire y de no-intervención, tanto en el plano interno como en el externo. Esa polìtica surgió en el entendimiento de que el gobierno, como lo expresaba George Washington, no tiene otra razón que la fuerza y por tal motivo deberìa de estar estrictamente circunscripto a unas facultades que, en palabras de James Madison, fueran "pocas y definidas."

Al contrario de lo que la mayorìa de los oponentes de la OMC sostienen, el punto en cuestión no es la soberanìa nacional: es la soberanìa individual. Uno no deberìa oponerse a la OMC sobre la base de que "nosotros" tenemos el derecho de imponer restricciones comerciales, regulaciones laborales y lìmites a la propiedad "sobre nosotros mismos". El gobierno nacional no se encuentra más justificado para menoscabar los derechos individuales - incluyendo los derechos de propiedad - que lo que lo está una burocracia internacional.

La clave contra la OMC es esta: los derechos individuales están más protegidos cuando el poder se encuentra fragmentado y disperso. Esa aseveración tomó cuerpo con la idea del federalismo, el cual se suponìa debìa dispersar el poder entre múltiples ramas y niveles de gobierno (Esa idea desapareció allá por 1861.) La lógica del federalismo predica contra un gobierno mundial o cualquier cosa que se le parezca, como es el caso de la OMC. El punto es que la última válvula de seguridad en favor de la libertad - votar con nuestros pies - se torna más viable si las jurisdicciones son pequeñas. Bajo un gobierno global: ¿Hacia dónde escaparemos de la tiranìa?

El problema con la OMC no radica en las decisiones a las que fue arribando mediante su proceso de resolución de controversias; pues ellas se han ido inclinando en contra de las restricciones comerciales. En cambio, el problema está en la propia naturaleza de la burocracia, la cual conoce solo una regla: perpetuar su propia existencia a toda costa. Un mecanismo permanente tal como el de la OMC, tarde o temprano cometerá alguna travesura. El deseo del Presidente Clinton de celebrar una nueva ronda de negociaciones que incluya reglas sobre el trabajo y el medio ambiente, junto con sanciones para los paìses en desarrollo que no las respeten, es una clara muestra de la dirección que tomarán las cosas.

El libre comercio es un recto concepto que no precisa ni de una burocracia ni de miles de páginas de leyes. Es la idea de que los individuos deberìan ser libres de comprar y vender a quien les plazca.

El Gobierno de los Estados Unidos podrìa adoptar esta polìtica el dìa de mañana aboliendo todos sus aranceles y cuotas de importación. Entonces, cada norteamericano escribirìa su propia polìtica comercial. Abrir nuestros mercados es el objetivo del comercio libre, no una mera concesión.

Es cierto que las condiciones no son tan buenas en algunos paìses como lo son aquì. Pero esos no justifica la intervención de los Estados Unidos, ni siquiera bajo la fachada del multilateralismo.

Los grandes campeones del libre comercio del siglo XIX no eran ingenuos; se percataron de la pobreza y la opresión existentes en tierras extranjeras. Pero a la vez, eran concientes de que el libre comercio era la manera más segura para diluir el poder gubernamental e incrementar la libertad donde fuere. La reforma sigue a las expectativas crecientes. Las amplias oportunidades y el incremento en los ingresos que tendrìan lugar en los paìses en desarrollo en virtud del libre comercio, darìan lugar al surgimiento de una clase media y a demandas por mayor libertad. Las restricciones comerciales y las regulaciones laborales condenan a la pobreza a quienes viven en el mundo en desarrollo.

Es fácil para un próspero norteamericano blanco, demandar la imposición de regulaciones al trabajo infantil y sobre el medio ambiente en los paìses pobres. Ellos no planean provocar sufrimiento. Pero asì como los Estados Unidos atravesaron un periodo en el cual los niños debìan trabajar o sino perecìan de hambre y en el que la pureza ambiental no era la prioridad más importante, lo mismo ocurre en el mundo subdesarrollado. A medida que esas sociedades acumulen capital y se vuelvan más productivas, los ingresos se elevarán y el trabajo infantil se tornará innecesario, y la gente mantendrá limpios su aire y su agua. Los paìses pobres poseen medìoambientes sucios. Mantenièndolos pobres no favorecerá ni a los chicos ni a sus padres. Tanto la izquierda como la derecha han mostrado sus defectos en la reunión de la OMC. La izquierda protesta por las limitaciones que la OMC impone a la soberanìa nacional, pese a que ellos se oponen a la soberanìa en cualquier otro plano. Algunos en la derecha apoyan a la OMC, ignorando su tradicional opinión respecto de las Naciones Unidas, mientras que otros se unen a los sindicatos y derraman lagrimas de cocodrilo por las naciones en desarrollo, cuando en los hechos desean eliminar la competencia de sus bajos salarios. La hipocresìa enoja.

Si la libertad y la prosperidad son nuestros patrones, entonces deberìamos de favorecer un libre comercio incondicional y oponernos a la OMC.

Sheldon Richman es miembro de The Future of Freedom Foundation de la ciudad de Fairfax, Virginia, y editor de la revista The Freeman: Ideas on Liberty.

Traducción de Gabriel Gasave

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