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Por Palabra Clave

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Para ganar la batalla y la guerra
por Richard M. Ebeling, noviembre 2001

Los sucesos trágicos del 11 de septiembre han suscitado simpatía para con las víctimas y sentimiento para hacer la justicia a los autores de esos actos, a niveles que no se han visto en este país desde hace mucho tiempo.

Sin embargo, en estos momentos, que desde luego son muy emocionantes, le incumbe a todo norteamericano el detenerse y sopesar con cuidado lo que ha de hacerse, la mejor manera de lograrlo y las consecuencias probables de ello.

Los conspiradores en los ataques son criminales internacionales que hay que buscar y aprehender a la antigua, es decir, mediante la investigación policial. El gobierno ya ha ofrecido una recompensa para prenderlos. Pero es necesario dar una verdadera recompensa, digamos de $500 millones por Osama bin Laden y de $250 millones por cada uno de sus acómplices. Hay que liberar a los mercenarios y a los cazadores de cabezas para que vayan a buscarlos.

Pero la concentración de fuerzas armadas, las invasiones y los bombardeos amenazan con provocar reacciones en varios países del mundo y especialmente en el Medio Oriente, las que corren el riesgo de intensificar la oposición y el potencial del terrorismo contra Estados Unidos y otros países.

Aquí en casa, los norteamericanos tenemos que pensarlo bien antes de arriesgar muchas libertades en nombre de la "seguridad." En su discurso ante el Congreso y la nación, el presidente Bush anunció la formación de la Oficina para la Seguridad de la Patria, de manera permanente, con amplios poderes y autoridad.

¿De veras quisiéramos presenciar una mayor disminución de nuestro sistema tradicional del federalismo constitucional, en la que Washington se ocupara de supervisar y de dirigir los poderes policiales que normalmente son responsabilidad de los gobiernos municipales y estatales? Si perdiéramos la libertad o si ésta se viera limitada perceptiblemente por obra del Estado, ¿que habríamos ganado a la larga?

Aun en caso de prender a los maleantes que cometieron estos detestables actos de crimen y luego de procesarlos, de hallarlos culpables y de castigarlos, ¿acaso ello pondría fin al problema del terrorismo en Estados Unidos? No. Es importante comprender el por qué del asunto. Sí, es verdad que algunos de los que participan en los grupos terroristas odian nuestro modo de vida y desean destruir las partes que no les gustan. Pero éste no es el único motivo de su comportamiento, no es ni siquiera el motivo principal. Lo que ofende a muchos millones de nacionales de otros países y a lo que están opuestos, es la intervención política y militar de Estados Unidos alrededor del mundo.

En nombre de la libertad, por varias décadas nuestros dirigentes han patrocinado, subvencionado y apoyado a gobiernos dictatoriales y antidemocráticos. A veces estos regímenes han empleado la asistencia y el entrenamiento que recibieron, para aterrorizar y matar a su propia gente. El gobierno de EE.UU. ha armado y aprovisionado a movimientos opositores que ha denominado, "luchadores por la libertad," los que en cuanto tuvieron la oportunidad de hacerlo asumieron el poder y oprimieron a sus pueblos. Y a menudo éstos han sido los mismos que más adelante el gobierno estadounidense ha tachado de terroristas y criminales.

Nuestros dirigentes han empleado el poderío militar para bombardear a inocentes, para bloquearlos y matarlos en nombre de oponerse a "gobiernos delincuentes." Un presidente anterior ordenó el bombardeo de una fábrica de productos farmacéuticos en el Sudán que no la usaban los terroristas, para distraer la atención de sus escándalos domésticos, con el resultado que se produjo una escasez de medicinas para miles de africanos. Aun nuestros aliados en Europa ven en el gobierno de EE.UU. un gigante altanero que se ha arrogado el derecho y el deber de rehacer al mundo según su propia idea de cómo deben ser las cosas.

Si existe alguna lección fundamental que como nación podemos aprender de estos trágicos eventos, es que nuestro gobierno ha creado numerosos enemigos en el intento de determinar las vidas de otros en sus propios países. Esto no le gusta a esas gentes, ni tampoco lo desean. Es cierto que muchos de ellos quieren comer nuestras comidas rápidas, desean ponerse nuestras modas, quieren ver nuestras películas de acción y anhelan gozar de nuestro modo de vida más libre. Pero no quieren que los dirigentes de Estados Unidos intervengan en sus asuntos domésticos, políticos y económicos. Desean decidirlos por sí mismos, aun cuando en el intento creen un lío enorme y terminen con sistemas políticos y económicos que apenas se asemejen al sistema político norteamericano.

Los norteamericanos justamente queremos que se haga la justicia ante estos crímenes horribles. Pero debemos aprender a ser humildes y poner fin a la intervención política y militar de nuestro gobierno alrededor del mundo.

 

Richard M. Ebeling es titular de la cátedra Ludwig von Mises en el Hillsdale College en Michigan y Vicepresidente de Asuntos Académicos en The Future of Freedom Foundation.  

Traducción: Jorge Amador

 

 

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