El día de la Constitución, el 17 de septiembre, pasó este año sin nadie darse cuenta. Ese es el día que reservamos para conmemorar la firma de uno de los dos documentos de mayor importancia en la historia de nuestra patria. (Desde luego, el otro documento es la Declaración de Independencia, la que celebramos el día cuatro de julio.)
En medio de una crisis en la que el congreso ha otorgado poderes cesarianos al presidente para atacar a cualquier persona en cualquier lugar, en violación de la protección constitucional que prohíbe el hacer la guerra sin que el congreso la haya declarado expresamente, cobra suma importancia el recordar el significado y el propósito de nuestra Constitución, y máxime ahora que algunos funcionarios públicos quieren explotar la crisis como pretexto para sacrificar las libertades del pueblo norteamericano con leyes supuestamente para combatir el terrorismo.
Cuando nuestros antecesores norteamericanos dieron el consentimiento para crear el gobierno federal en el año 1787, lo hicieron por medio del documento que se denomina, la Constitución. Pese a la creencia popular, la Constitución no fue una concesión de derechos a los ciudadanos, ni jamás lo ha sido, sino que es un "alambre de púas" diseñado con la intención de restringir y de estorbar el poder político y de impedir que lo apliquen los funcionarios del Estado.
Por ejemplo, la Constitución no da a nadie la libertad de palabra, la libertad de prensa, el derecho a reunirse ni el derecho a llevar armas. Efectivamente, es inútil buscar las frases en nuestra Constitución donde se otorgan los derechos al pueblo. (El texto de la Constitución se halla en los libros de almanaques y puede verse por el Internet, en el sitio web de la Administración de Archivos y Registros Nacionales, donde se guardan las copias originales de la
Constitución y de la Declaración de Independencia: www.nara.gov.)
Al contrario, en reconocimiento de la verdad, ya expresada en el 1776 en la Declaración de Independencia, que los derechos del ser humano preceden al Estado, resulta que la Constitución es en realidad una otorgación limitada de poderes enumerados a los funcionarios estatales. Es además una serie de restricciones que prohíben las interferencias, por parte de los funcionarios del Estado, con el ejercicio de los derechos que existen antes que el Estado.
Para entenderlo mejor, lea la Primera Enmienda con detenimiento y Vd. verá que ésta no le da al pueblo el derecho de expresarse, sino que prohíbe al congreso (el que es elegido democráticamente) el aprobar proyectos de ley que dificulten el derecho (preexistente) de cada persona a expresar su punto de vista.
Esta era y sigue siendo una distinción de suma importancia, la que nuestros Fundadores y nuestros antecesores bien comprendieron. Ellos sabían que nuestros derechos no se derivan de la Constitución, sino que la Constitución prohíbe el que los funcionarios estatales nos violen nuestros derechos fundamentales que existen antes que el Estado.
Ahora bien, ¿por qué nuestros antepasados no decidieron instituir un Estado con poderes generales e ilimitados para "hacer el bien," aun para privar a los ciudadanos de sus derechos, y especialmente en medio de las crisis? Porque estaban conscientes de cómo los gobiernos históricamente habían empleado el poder político sin límites para atropellar los derechos de los ciudadanos y hasta para destruirlos, especialmente durante los tiempos de crisis y por lo general con las mejores intenciones. De ahí la Constitución, una restricción externa sobre los funcionarios estatales, fundada en la falta de confianza en el poder político omnipotente, independientemente de las circunstancias del caso.
Recordemos las palabras de la Corte Suprema de EE.UU. en Ex Parte Milligan (1866), caso que surgió durante la Guerra Civil norteamericana: "Aquellos personajes, tan sabios y buenos, previeron la venida de tiempos turbulentos, cuando el pueblo y los dirigentes llegarían a sentirse inquietos por las restricciones y desearían perseguir fines justos y debidos con medidas decisivas y contundentes, cuando los principios de la libertad constitucional pudieran verse en peligro, a no ser que quedaran establecidos por la ley irreversible. La historia del mundo les enseñó que lo mismo que ya se había intentado en el pasado, podría volverse a intentar en un futuro. La Constitución de los Estados Unidos es una ley para los dirigentes y para el pueblo, que impera en los tiempos de guerra igualmente que en los tiempos de paz y que protege con su escudo a todas las clases de hombres, en todas las ocasiones y en todas las circunstancias. La mente del hombre no ha inventado ninguna doctrina con consecuencias más nefastas, que la que dice que alguna de las garantías de la Constitución pueda suspenderse durante las emergencias del Estado. Tal doctrina conduce directamente, bien a la anarquía o bien al despotismo(...)."
Dada la tragedia de las últimas semanas y la crisis nacional por la que actualmente pasamos, puede comprenderse el que los norteamericanos hayan olvidado de celebrar el Día de la Constitución. Pero si olvidamos nuestra Constitución, es decir, el significado y el propósito de la misma, corremos un riesgo enorme.