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Por Palabra Clave

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Dudas acerca de la guerra
por Sheldon Richman, septiembre 2001

No debería ser necesario explicar que es posible dudar seriamente de la guerra del gobierno estadounidense en Afganistán, sin ser en lo más mínimo "antiamericano". Desgraciadamente, muchos comentaristas han tenido dificultad en comprender el concepto.

Efectivamente, sí existen críticos de la guerra que son fundamentalmente antiamericanos, en el sentido de que ellos guardan rencores contra lo que distingue a los Estados Unidos de todos los demás países. Este país es el único que ha sido fundado con base en un conjunto de principios explícitos, entre ellos la libertad individual y la propiedad privada. Pónganse estas dos ideas juntas (en verdad las dos van juntas) y el resultado es el capitalismo de mercado libre. Por mucho tiempo, en Estados Unidos ha existido una clase de intelecuales que detestan el capitalismo y que quisieran abolirlo. Ello se ha puesto de manifiesto en ciertos comentarios ofrecidos tras los actos terroristas del 11 de septiembre. Por ejemplo, los autores de diversas revistas socialistas han achacado los ataques al libre comercio (a la globalización) o a la desigualdad de riquezas entre Estados Unidos y grandes partes del mundo. Estos críticos todavía creen en la falacia que dice que la prosperidad de uno significa la pobreza de otro. No acaban de comprender que en el mercado la única manera de enriquecerse, es enriqueciendo a otros. En ello consiste el intercambio voluntario.

Cierto es que con el comercio vienen las ideas y que la apertura de la sociedad tradicional para comerciar con el Occidente, representa también una apertura para el cambio social. Ello puede crear el resentimiento y la resistencia, por lo cual es mejor dejar que el sector voluntario se encargue del intercambio económico que acudir al puño del Estado o a las instituciones políticas internacionales tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Aparte de las críticas izquierdistas cansadas, hay buenos motivos para preocuparse. Como ya lo dijo durante la Iª Guerra Mundial el disidente Randolph Bourne, la guerra es como montar en un elefante salvaje. Es imposible decir de antemano a dónde va uno a dar. Sencillamente existen demasiadas variables, muchas cosas que pueden salir mal. La frase de moda es el "contragolpe," o sea las consecuencias malas e inadvertidas. (Por ejemplo, es un contragolpe cuando uno desarrolla un movimiento de resistencia de musulmanes radicales contra la Unión Soviética y aquellos se nos viran después de derrotar a los rusos.)

Durante la guerra existe además una amenaza en el frente doméstico, y no me refiero al terrorismo. La amenaza radica en la expansión del Estado en nombre de proteger al pueblo norteamericano contra el terrorismo. Últimamente se han propuesto pasaportes internos o carnés de identificación a nivel nacional para todos. (El presidente Bush se ha declarado en contra de esta idea, por el momento.) Este concepto debería darnos asco. Como bien lo sabrá todo el que vaya al cine, ésta es la marca del despotismo. El que los funcionarios estatales pudieran parar a cualquiera en cualquier ocasión con la orden, "Déjeme verle sus documentos," debería dar escalofríos a todo norteamericano.

Un sistema tal de identificación tendría que ir acompañado del requisito de llevar los documentos consigo a todas horas. El no hacerlo sería una infracción seria. La policía y los investigadores estarían autorizados para detenernos sin causa para exigir nuestros documentos de identificación. En otras palabras, el carné de identificación existiría entre otras cosas para dar al Estado un pretexto para detener a la gente. Pero sucede que ya es bastante fácil - demasiado fácil - detener al que la policía considere sospechoso.

Además de los abusos evidentes, hay otros más sutiles. La identificación nacional, unida a las computadoras, implica la formación de enormes bancos de datos estatales, los que se llevarían sobre gente que no ha cometido ningún crimen. La libertad, como lo expresa la Declaración de Independencia, implica la libertad de ir y venir y de poseer los datos acerca de uno mismo, sin tener que someterse a la vigilancia del Estado. Si el Estado quiere vigilar a alguien, por lo menos debería ser necesario demostrarle a un juez que esa persona en particular representa un peligro posible. Desgraciadamente, la historia nos enseña que ni eso sirve de garantía contra los abusos.

Las perspectivas de llegar a impedir el terrorismo con los carnés de identificación, son escasas. La hija menor del presidente, menor de edad, pudo conseguir un documento de identificación falso para poder tomarse una margarita. ¿Acaso pretenden decirnos que los criminales sofisticados no van a poder falsificar el carné nacional? Por favor, no sacrifiquemos nuestra libertad por la quimera de la seguridad perfecta.

 

Sheldon Richman es firector de la revista Ideas on Liberty y académico del Future of Freedom Foundation.  


Traducción: Jorge Amador.

 

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