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Un libertariano visita a Cuba, Parte 3
por Jacob G. Hornberger, agosto 1999
El dìa que lleguè a Cuba, en juicios transmitidos por la televisión nacional, los tribunales cubanos estaban procesando a un salvadoreño por bombazos terroristas y a cuatro cubanos por criticar el sistema cubano. La tensión podìa sentirse en el aire. No obstante que fuera un serio delito el dudar del sistema socialista cubano, yo estaba resuelto a presentar los principios libertarios en el mismo centro de La Habana. Se me presentó la oportunidad de hacerlo cuando, en uno de los centros de investigación que fui a visitar, me pidieron que les hablara acerca del libertarismo.
Les dije, "En Estados Unidos, el Estado dirige el sistema de enseñanza, y es un desastre. Nosotros los libertarianos desafiamos al Estado con la interrogación: '¿Por què no poner fin a la ingerencia estatal en la enseñanza, y tener un mercado libre en escuelas?'"
"Nuestro gobierno además mantiene un programa de asistencia para los ancianos, denominado el Seguro Social, que está en bancarrota. Nosotros los libertarianos desafiamos al Estado con la pregunta: '¿Por cuál motivo no puede darse al ser humano la libertad de quedarse con sus ganancias, de administrar su propio dinero y de proveer para su propio retiro?'"
"Nuestro gobierno lleva un sistema nacional de cuidado mèdico, el Medicare y Medicaid, que es toda una abominación estatal. Nosotros los libertarianos preguntamos, '¿Por què no eliminar estos programas y tener un mercado libre en la provisión del cuidado mèdico?'"
"Nuestro gobierno libra una guerra brutal contra las drogas, que, al cabo de tantas dècadas, ha fracasado totalmente, y que efectivamente ha empeorado la situación en nuestro paìs. Nosotros los libertarianos desafiamos al Estado con la pregunta: '¿Por cuál motivo no puede dejarse a cada persona libre para hacer lo que le dè la gana, siempre y cuando se comporte de manera pacìfica?'"
"Nuestro gobierno libra una guerra atroz contra los inmigrantes, especialmente por la frontera meridional de nuestra patria. Nosotros los libertarianos desafiamos al Estado con la pregunta: '¿Por què no ha de tener cada persona la libertad de cruzar las fronteras libremente, de superarse mediante sus propios esfuerzos, de entablar relaciones con otros para el beneficio mutuo, y de acumular riquezas sin lìmites?'"
En unos breves momentos, pude lanzar un reto a los elementos centrales del socialismo cubano en la misma Habana, y para lograrlo me habìa valido del socialismo norteamericano.
La mejor parte de mi viaje a Cuba fueron mis conversaciones con los cubanos normales en la calle. Pese a que persiste un clima de temor, si sabìan que nadie los vigilaba, la gente se expresó francamente acerca del socialismo.
Una tarde, hablo con un señor que monta en bicicleta. Me pregunta què pienso yo del Chè Guevara (el defunto socio revolucionario de Fidel Castro, cuya imagen aparece por toda Cuba). Seleccionando mis palabras cuidadosamente, contesto que siento predilección por Josè Martì (el padre de la independencia cubana en la guerra contra España). El señor me sonrìe. Al preguntarle cómo le va la vida, me contesta que no tiene dinero suficiente para comprar zapatos para sus hijos. Le pregunto, "¿Què cree Vd. de un sistema bajo el cual el Estado es dueño de todo, y todos son empleados del Estado?" Mira a su alrededor y me dice en voz baja, "¡Mierda!"
Le pido al señor que me muestre cómo los cubanos ordinarios obtienen los comestibles. Acompañándome por las calles de La Habana, me lleva a una estación de radio, donde hay una cola de gente para recibir las raciones mensuales de comida. Cada uno lleva una libretita roja que el dependiente marca a medida que el consumidor recibe sus cinco libras de azúcar, frijoles, o lo que fuera. Empiezo a sacar fotografìas, pero alguien protesta: "No se permite tomar fotos sin el permiso del administrador." Mi acompañante responde, "¿Por què no, compañero? El pueblo es el dueño de este sitio, ¿no?"
Una señora mayor (de unos 70 años de edad) me dice que antes de la revolución sus padres habìan sido propietarios prósperos. El règimen castrista confiscó las propiedades de sus padres y entonces los contrató para administrarlas. Hoy dìa, la señora vive de una exigua pensión con su madre, y apenas tiene para subsistir. Le pregunto si tiene esperanzas para el futuro, y responde, "Estoy muy vieja para poder tener esperanzas."
Otra señora mayor - èsta de unos ochenta años de edad - vende helados. Me dice que tiene que remitir al Estado el equivalente en pesos cubanos de $200 al mes por la licencia estatal y que al final del año tiene que pagar impuestos sobre sus ingresos. Le pregunto, "¿Cómo van a saber lo que Vd. gana?" Su sonrisa expone varios dientes que faltan mientras contesta, "Sì, efectivamente, ¿cómo lo van a saber?"
Dos hombres de treinta y pico años de edad venden libros antiguos. Les pregunto, "¿Cómo saben cuánto pagar por los libros y cuánto cobrar por ellos?" Me contestan en la mejor manera empresarial, "Es nuestro giro saberlo."
Un dìa en la Universidad de La Habana, me pongo a conversar con un grupo de estudiantes sobre la vida en Cuba. Le pregunto a una joven, "¿Cuál es tu mayor sueño en la vida?" y rápidamente me contesta, "¡Tener mi propio negocio!" Yo respondo, "Pero eso es ilegal en Cuba," y me dice descorazonada, "Sì, lo sè. Pero siempre hay la esperanza." Otra joven demuestra su falta de entusiasmo en torno al Estado socialista cubano, burlándose del carnè de identidad. Me dice que cuando la gente joven sale de La Habana, enseguida sintonizan las estaciones de la radio en Miami (pero no Radio Martì, la estación que opera el gobierno estadounidense, que para ellos es aburrida) para mantenerse al tanto de la música norteamericana.
Tambièn visitè el pueblo, bello pero extremadamente empobrecido, de Trinidad, que está a varias horas de La Habana. Un joven cubano (de unos 20 años de edad) se da cuenta que vengo de Estados Unidos y, despuès de cerciorarse que nadie nos oiga, me dice, "Soy un gran admirador de los Estados Unidos de Amèrica. En tu paìs, hay libertad de expresión, mientras que aquì en Cuba no. La mayorìa de los cubanos quieren irse a Miami. Pero yo no. Lo que yo más quiero es ir a Nueva York para ver la Estatua de la Libertad."
Le expliquè que habemos muchos norteamericanos que queremos revivir los principios que representó la Estatua de la Libertad. Le dije que el embargo de EE.UU. contra Cuba es una desgracia para los principios de la libertad que habìan hecho grande a nuestra patria. Dije que la polìtica reciente del gobierno estadounidense, de repatriar a los refugiados cubanos a la tiranìa comunista, es un insulto a los principios que animaron a nuestros antepasados. Agreguè que, desgraciadamente, nuestro propio gobierno habìa adoptado muchos de los mismos controles, programas e ingerencias que caracterizan al gobierno cubano, incluso el embargo. Dije, "Algún dìa, podrás ver la Estatua de la Libertad, y espero que sea porque exista la libertad económica tanto en Cuba como en Estados Unidos, asì como el libre movimiento de bienes y de personas entre nuestros paìses."
Los cubanos son uno de los pueblos más sinceros y genuinos que he tenido el gusto de conocer. Cada vez que le preguntè a la gente en la calle, "¿Por què son tan corteses conmigo, despuès de lo que mi gobierno le ha hecho a su patria con el embargo?", la respuesta fue la misma, y reveladora: "¿Què culpa tienes tú de lo que haya hecho tu gobierno?" Mi visita a Cuba reforzó el odio que le tengo al socialismo, pero tambièn me hizo enamorarme de Cuba y de los cubanos.
Jacob Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation en Fairfax, estado de Virginia, y corredactor de la obra, The Case for Free Trade and Open Immigration.
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