Los Fundadores de nuestra nación comprendieron dos principios: primero, que la gran amenaza a la libertad y al bienestar de la ciudadanía no reside en algún enemigo extranjero, sino más bien en el propio gobierno, y, segundo, que esta amenaza es la más grande durante los tiempos de crisis. Por ello, nuestros ancestros rechazaron el instituir un gobierno de poderes generales e ilimitados, pero sí uno cuyos poderes fueran enumerados y extremadamente limitados, hasta (o quizás especialmente) durante los tiempos de crisis. Es nuestra forma constitucional de gobierno la que ha distinguido a nuestra nación de todas las otras en la historia.
Existen personas que están comparando los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono con el ataque japonés en Pearl Harbor. Bien, sigamos la analogía. Luego del ataque de Pearl Harbor, el Presidente Roosevelt fue al Congreso y específicamente pidió una declaración de guerra contra Japón. ¿Por qué simplemente no procedió a usar las fuerzas militares estadounidenses para iniciar la guerra contra una nación enemiga que ya había atacado a las fuerzas estadounidenses?
Porque él entendió lo que todos los norteamericanos una vez entendieron claramente: que la Constitución nuestra ley suprema de la tierra que gobierna la conducta de nuestros gobernantes- prohibe al presidente iniciar la guerra, incluso contra aquellos que atacan nuestra nación, sin una expresa declaración de guerra del Congreso. En verdad, esa fue la razón por la cual el Presidente Wilson también requirió una declaración de guerra del Congreso antes de que los Estados Unidos entraran a la Primera Guerra Mundial.
Si los ataques del martes 11 de septiembre son tratados como ofensas criminales, entonces no importa cuán horrorosos ellos sean, la adhesión a la ley requiere que los procedimientos legales sean empleados para llevar a los injuriadores a la justicia, por más difícil que ello pueda ser. Si los ataques son considerados como actos de guerra, la adhesión a la Constitución requiere que el presidente, como un pre-requisito para ir a la guerra, lleve su caso al Congreso para buscar y asegurar una declaración de guerra.
Los norteamericanos ignoran la importancia de pedir a sus gobernantes la adhesión a su ley suprema. Después de todo, mientras no sepamos quién es responsable de los ataques al World Trade Center y al Pentágono y qué los motivó, ¿cómo podemos ignorar la posibilidad de que sean contraataques de gente contra la cual el gobierno de los Estados Unidos ha iniciado la guerra en las décadas pasadas?
Pensemos acerca de ello: el gobierno estadounidense sostuvo la guerra por muchos años en Korea y Vietnam, en las cuales decenas de miles de personas fueron asesinadas. Ha invadido naciones independientes, tales como Granada y Panamá. Ha ayudado a los regímenes dictatoriales a torturar, matar y suprimir a su propia ciudadanía. Ha contribuido a quitar a los presidentes democráticos de su posición. Ha iniciado la guerra contra la población iraquí con bombas y embargos, y continúa haciéndolo. Recientemente, arrojó bombas y misiles a la gente de Yugoslavia.
Existe un común denominador de todos estos asuntos de guerra del gobierno de los Estados Unidos: todo ha ocurrido sin la declaración de guerra del Congreso, la cual es requerida constitucionalmente.
¿Habría sido diferente si la Constitución hubiese sido tenida en cuenta en las décadas pasadas en cuanto a separar lo que es el poder de declarar la guerra y el poder de iniciarla? Por supuesto, es imposible saberlo, pero la razón por la cual nuestros Fundadores tuvieron presente esta salvaguarda constitucional es que claramente entendieron las graves consecuencias de la guerra, incluyendo el profundo enojo, la animosidad lastimosa, y la insaciable sed de venganza de aquellos a los que se les inicia la guerra. Además, al requerir que el Presidente exhiba al Congreso el caso referido a la guerra, los Fundadores están proveyendo una salvaguardia de procedimiento a través de la cual la gente y las naciones inocentes, tanto cuanto sea posible, no sean erróneamente apuntados para la retribución por parte del Poder Ejecutivo de nuestro gobierno.
Con la crisis viene tanto el peligro como la oportunidad. El peligro es que los gobernantes estadounidenses hagan que la vida de los americanos sea aún más insana e insegura, a través de lo que hagan internacionalmente fuera de su propia bronca y sed de venganza y también al acelerar sus prolongados asaltos contra las libertades civiles de los americanos. Nuestros fundadores comprendieron este peligro. Necesitamos dimensionar la oportunidad de reflexionar sobre su sabiduría y restaurar sus principios.