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Por Palabra Clave

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El caso para una primera política exterior Norteamericana
por Ralph Raico, septiembre 2001

Durante gran parte de nuestra historia, America First (América Primero) fue la política exterior norteamericana. El récord es mencionado por el gran historiador Charles A. Beard en A Foreign Policy for America (Una política exterior para América), publicado en 1940. Nosotros seguimos las guías mencionadas por George Washington en su Farewell Address to the American People (Discurso de despedida dirigido a la población americana): “La gran forma de conducirnos con las naciones extranjeras es ­en extensión a nuestras relaciones comerciales- tener con ellas la menor conexión política posible”. Son estas líneas las que Richard Cobden ­el más grande teórico libertario de relaciones internacionales- situó como el lema de su primer trabajo publicado.

La perspectiva de George Washington involucraba, de esta forma, tres principios principales. Primero, nos comprometeríamos a un beneficio mutuo y un comercio pacífico con el resto del mundo, sin “forzar nada”, tal como Washington añadió. Segundo, mientras comerciáramos con ellos, evitaríamos enredarnos en sus asuntos políticos y sus conflictos con otras naciones. Finalmente, siempre permaneceríamos lo bastante fuertes como para defendernos del ataque.

Este sistema fue tenido en cuenta por John Adams, Thomas Jefferson, James Madison, y los otros Fundadores si bien no hubo conflicto. America First fue la contrapartida natural a la forma de gobierno ­la República- que ellos habían instituido. Las monarquías del Viejo Mundo eran masivas máquinas para la guerra, sacando partido de la gente para fundar sus conflictos sin fin y las burocracias militares y civiles que necesitaban. Esas naciones estaban dedicadas a la pompa y gloria y al poder del estado. América sería diferente ­Novus Ordo Seclorum, “The New Order of the Ages” (El Nuevo Orden de las Épocas), como todavía figura en el reverso de los billetes de dólar. Aquí los derechos de la gente serían todo lo importante. El poder del gobierno estaba estrictamente limitado y, principalmente, ejercido por las localidades y los estados (de aquí, la Décima Enmienda). Bajos impuestos y la liquidación anticipada de la deuda pública asegurarían que los ciudadanos no serían sistemáticamente despojados, como en Europa.

Pero, para prevenir los altos impuestos, la deuda, y la centralización de poder, teníamos que tener un claro rumbo de la guerra. Por ese motivo, el consejo de los Fundadores era: si uno quiere preservar el sistema que hemos establecido, debe mantenerse fuera de las guerras cuando es preciso defender a los Estados Unidos, y evitar los enredos políticos, dado que ellos pueden impulsarnos a la guerra.

Sin embargo, si se comienza a pensar desde los fines del siglo XIX, una gran transformación tuvo lugar en la actitud oficial norteamericana hacia el resto del mundo. La elite política del país se ganó por sobre una política de “responsabilidad global” ­la cual significaba, más y más intromisión en los asuntos de otras naciones, respaldada por el crecimiento de la fuerza militar norteamericana.

Las marcas de este camino son la Guerra Hispano-Americana y la conquista de las Filipinas bajo William McKinley; la gran promoción de los Estados Unidos como potencia mundial, que hizo Theodore Roosevelt; y sobre todo el momento en el que Woodrow Wilson nos involucra en la Primera Guerra Mundial.

Los defensores de la globalización prefieren ignorar el resultado desastroso de nuestra intervención en la Primera Guerra Mundial. En cambio, el caso que ellos constantemente mencionan es el de la Segunda Guerra Mundial y las “lecciones” que supuestamente nos enseñó esta “última buena guerra”.

La era de la Segunda Guerra Mundial ha sido tan mitologizada por los propagandistas que es fácil perder de vista algunas verdades fundamentales. El hecho es que, sin importar cuán malos fueron Hitler y los líderes japoneses, la población de los Estados Unidos fue manipulada y llevada a una guerra que la mayoría de la gente no quería.

La Constitución se ha convertido en una carta sin valor en lo que respecta a la pregunta de la guerra y la paz. Lo que los Padres Fundadores temían ­que el presidente sería capaz de llevarnos a la guerra- se ha convertido en realidad. Un aspecto de particular tristeza es el ansia de los llamados conservadores de apresurar la defensa del alegado derecho del presidente de iniciar las guerras. Barry Goldwater habló de él durante la Guerra de Vietnam; el Juez Bork también lo hizo; y, recientemente, Sen. John McCain, de Arizona, un republicano “experto” en asuntos exteriores, dijo que, mientras él aconsejaba no mandar tropas a Haití, no había dudas de que el presidente tenía la autoridad de enviar fuerzas norteamericanas a cualquier lugar del mundo ­también dentro de la batalla- en cualquier momento que quisiese.

Los conservadores frecuentemente hablan de restaurar la Constitución. Un test de su honestidad será cuán duramente ellos pelean para restaurar al Congreso la autoridad de involucrar a Norteamérica en una guerra.

La Guerra Fría creó una Presidencia Imperial. Durante esas décadas, por un simple decreto presidencial, los Estados Unidos se involucraron en una guerra a gran escala, por años; se venció a gobiernos extranjeros; se concertaron asesinatos políticos; se entrenó y equipó a terroristas para actuar en tierras extranjeras; se minaron los puertos de países con los cuales estabamos en paz; además de otros innumerables actos de guerra.

Una política global conduce ­como William Graham Sumner advirtió un siglo atrás- a un abandono de nuestra tradicional forma republicana de gobierno. Pervierte nuestro sistema constitucional, concentrando el poder en la presidencia, más que en el Congreso, y en Washington, en vez de hacerlo en los estados y localidades.

 

Este artículo es una síntesis del publicado en el libro de The Failure of America’s Foreign Wars (El Fracaso de las Guerras Extranjeras Americanas), publicado por The Future of Freedom Foundation en 1996. Permiso para traducir y publicar otorgado por The Future of Freedom Foundation a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.

Traducción: Marina Espósito

 

 

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