|
Send to a friend
Alimentacion, educacion y salud
por
Jacob G. Hornberger,
septiembre 2001
¿Alguna vez se quedaron despiertos hasta tarde pensando qué pasaría si al otro día no hubiese alimentos suficientes en las tiendas de comestibles de su barrio? ¿Se quemaron las pestañas pensando lo que podría pasar de no haber comida para todos? ¿Y si los ricos compraran todos los productos alimenticios y no dejaran nada para los demás?
Quizás no. Lo cual nos provee de algunas pistas respecto a la manera en que debemos enfocar el problema de la salud y la educación. El proceso de libre mercado en torno a la alimentación fue brillantemente analizado por un pensador francés del siglo XIX llamado Frédéric Bastiat:
Cuando estaba entrando a París en mi visita me dije a mí mismo: Aquí hay un millón de personas que morirían en corto tiempo si las provisiones de alimentos dejaran de fluir hacia esta gran metrópolis. Me quedo absorto de sólo pensar la multiplicidad de materias primas que mañana cruzarán las fronteras para preservar a los parisinos de caer víctimas de las convulsiones del hambre, los saqueos, el pillaje... ¿Cuál es ese ingenioso y secreto poder que preside la magnífica regularidad con que ocurren tan complicados intercambios de bienes, esa regularidad en la cual todos depositamos nuestra fe, en forma implícita y desconsiderada a la vez; y de la cual nuestro confort y existencia misma dependen?
La observación de Bastiat conserva su actualidad hasta nuestros días. No quiero asustar o infundir el pánico a nadie, pero ¿notaron que no existe ningún ministerio ni departamento estatal que en este momento esté planeando enviar alimentos hacia sus barrios y ciudades? Exacto: todo sucede por sí mismo, sin necesidad de planes gubernamentales, ni directivas o regulaciones.
Todos esos estantes repletos de cosas para comprar que ven cuando entran a una tienda no son el resultado de ninguna planificación del gobierno. Ningún burócrata se sentó detrás de su escritorio para dibujar curvas de la demanda relativas a los productos que cada persona debe consumir en cada comunidad. Ningún funcionario estatal ha calculado la cantidad de cereales, vegetales, bebidas, pasta y las otras miles de cosas que se pueden consumir en una tienda que debe ser producida para satisfacer la demanda individual y colectiva de los consumidores de cada localidad.
El Milagro del Mercado. Repito: todo sucede por sí mismo, sin ningún planeamiento gubernamental. Da miedo, ¿no? El proceso es lo que se podría denominar el milagro del mercado. Cada noche, cada persona puede ir a acostarse tranquila con la certeza de que a la mañana siguiente su tienda de comestibles estará llena de productos para poder comprar.
Supongamos, sin embargo, que durante la Gran Depresión, el Departamento de Productos Alimenticios fuera establecido con el objetivo de protegernos del hambre y las vicisitudes del mercado. Supongamos también que desde los años ´30 en adelante, todas las tiendas de los Estados Unidos fueran propiedad del Estado y que a nadie se le hubiese permitido tener una tienda privada. Habría, por supuesto, menos variedad y pocas posibilidades de elección con respecto a las tiendas de comestibles, pero, indudablemente, todos sentirían un sentimiento de confort y seguridad que haría olvidar el hecho de que el gobierno está a cargo de tiendas públicas de comestibles.
Pero supongamos que vengo yo y les digo: Debemos separar la comida del Estado. Vamos a despedir a todos los trabajadores estatales, vender las tiendas públicas y devolver el proceso entero al libre mercado.
¿Cuál creen que sería la reacción de la mayoría de la gente? No podemos hacer eso. La alimentación es un asunto muy importante para ser dejada en manos del libre mercado. ¿Cómo podemos estar seguros que el mercado proveerá de comida suficiente para todos? ¿Y si una ciudad recibe toda la comida y otra no recibe nada? ¿Qué sucedería si un día una tienda se olvida de pedir los alimentos? En todo caso, ¿qué pasaría si nadie quiere establecer una tienda alimenticia en nuestra comunidad? Ustedes depositan demasiada fe en el libre mercado. Ese plan favorece a los ricos. El peso de comprar las tiendas recaería principalmente sobre los pobres.
La gente carecería de confianza en el libre mercado de alimentos porque nunca habrían tenido la chance de ver cómo éste habría funcionado. Sin embargo, cuando llegamos al punto de tener que suplir a las tiendas de comestibles con miles de toneladas de alimentos, la gente prefiere confiar en el milagro del mercado libre. Después de todo, ¿cuándo fue la última vez que oyó a alguien pedir que el gobierno se ocupe de las tiendas de comestibles?
Ahora sí podemos hablar de educación y salud.
|