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La guerra contra las drogas pudre a los EE.UU.
por Sheldon Richman, septiembre 2000
El presidente Clinton parece haber dado finalmente con la herencia histórica que èl
tanto desea, y los republicanos en el Congreso lo apoyan en su empeño. ¿En què consiste esta
herencia? En inmiscuir a los Estados Unidos en la guerra civil de Colombia, mediante la
inyección de $1,3 mil millones en subvenciones y en equipos bèlicos, entre ellos helicópteros
de combate, además de cientos de pilotos y de Ñasesoresæ norteamericanos. Y, ¿a fin de què?
Tanto èl como sus aliados en el otro partido dicen que ello es necesario para poder librar
nuestra propia guerra domèstica contra la droga.
Tal es la lógica de la Guerra contra la Droga la que en realidad es una guerra contra
seres humanos. Es una razón más para abandonar esta polìtica de inmediato.
Desde hace tiempo Colombia viene sufriendo actos de violencia perpetrados por el
gobierno, por la llamada guerrilla izquierdista, y por la llamada milicia derechista. Mientras
tanto, los campesinos pueden ganarse la vida cultivando la coca, que se convierte en cocaìna
para el mercado norteamericano. (El ochenta por ciento de la cocaìna en EE.UU. proviene de
Colombia.) El gobierno estadounidense quiere que los campesinos colombianos dejen de
cultivar la coca, con la lógica curiosa de que, si Colombia dejara de proporcionar la coca, la
demanda en las ciudades norteamericanas desaparecerìa. La guerrilla protege a los cocaleros
pobres, a cambio de pagos que sirven para costear sus operaciones, lo cual a su vez estimula
las actividades de la milicia, que por su parte se lucra de la droga mediante sus vìnculos a los
cocaleros ricos. La milicia colabora con el ejèrcito oficial, que nunca ganará premios por
respetar los derechos individuales.
No debemos descontar la posibilidad de que la guerra contra la droga no sea nada más
que un pretexto para apoyar al gobierno de Colombia en la guerra civil. Pero ese no es asunto
nuestro. La intervención en Colombia no la autoriza la Constitución de los Estados Unidos. La
guerrilla colombiana no constituye amenaza alguna contra los EE.UU.
Pero siempre quedan algunos que se aferran a la explicación basada en la lucha contra
el narcotráfico. A estas alturas todos debemos poder comprender que ello no es más que una
falsa justificación. Siempre que los norteamericanos sigan queriendo tomar cocaìna, habrá
alguien que estè dispuesto a servir el mercado. Es ingenuo creer que la destrucción del
sustento de los agricultores colombianos vaya a poner fin al tráfico de cocaìna. Es
precisamente la prohibición de la droga, con el mercado negro que de ella resulta, la que
vuelve el cultivo de la coca tan lucrativo.
¿Cuándo iremos finalmente a abandonar esta imbècil cruzada, que no ha podido acabar
con el consumo de las drogas, pero que sì ha logrado rasgar la Constitución; corromper el
imperio de la ley; infringir nuestro derecho a vivir seguros en nuestros hogares; destruir
nuestra intimidad bancaria; convertir los vecindarios urbanos en zonas de guerra; y dar
pretextos para convertir a los Estados Unidos en el policìa del mundo?
No andemos con rodeos: cada ser humano tiene el derecho de ingerir lo que le dè la
gana. Lo que nadie tiene el derecho a hacer, es el violar los derechos de los demás Ç estè o no
intoxicado. La guerra contra la droga se basa en una doctrina que es fundamentalmente
antiamericana: la que dice que el Estado puede dictaminar lo que se nos permite consumir.
Vd. y yo podrìamos creer que las drogas fueran algo estúpido y autodestructor. Pero
eso no viene al caso. O somos libres, o no somos libres. Y en un paìs libre, la policìa no se
mete con nadie hasta que uno no comience a violar los derechos de los demás.
Sheldon Richman es socio acadèmico de The Future of Freedom
Foundation en Fairfax, estado de Virginia, y redactor de la revista
Ideas on Liberty (Ideas sobre la Libertad).
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