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Por Palabra Clave

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Es hora de examinar la guerra contra las drogas
por David Boaz, agosto 1999

El ochenta y cuatro por ciento de los norteamericanos dicen que si el gobernador del estado de Texas, George W. Bush, tomó cocaìna cuando joven, ello no debe descalificarlo de poder ser presidente. Pero, si alguien puede tomar cocaìna y luego llegar a ser presidente, ¿por què dar cárcel a los jóvenes por tomar cocaìna? La indiferencia de los votantes frente al pasado posible de Bush podrìa ser un indicio que el público está listo para entablar una discusión más racional en torno a la polìtica con respecto a las drogas.

Las decisiones de tratar el tema de la legalización de la droga, por parte del gobernador republicano de Nuevo Mèxico, Gary Johnson, y del gobernador reformista de Minnesota, Jesse Ventura, tambièn son indicios de este cambio.

Ya es hora de que haya cierto sentido común sobre la guerra contra las drogas. Cada año se gastan más de 30 mil millones de dólares en esta guerra. Más de un millón y medio de personas son detenidas todos los años. Sin embargo, 78 millones admiten que han tomado drogas, y el 80 por ciento de los adolescentes dicen que es fácil comprar drogas. Claro está, las cosas van mal.

Y efectivamente, la guerra contra las drogas es un fracaso de magnitudes trágicas. Contemos todos los modos en que ha fracasado: Primeramente, la prohibición de la droga provoca niveles elevados de crìmenes violentos - tal y como sucedió cuando la prohibición del alcohol durante la dècada del 20. Los drogadictos se ven obligados a cometer crìmenes para costear un hábito que serìa barato si fuera legal. Las fuentes policìacas calculan que, en algunas ciudades, hasta la mitad de los crìmenes contra la propiedad los cometen los narcómanos. En el mercado negro, cuando se viola un contrato, a menudo el resultado es un castigo violento, lo cual generalmente provoca represalias y combates en plena calle.

Segundamente, cada año, la prohibición de la droga canaliza más de 40 mil millones de dólares al bajo mundo. Durante la prohibición de la bebida, muchas empresas buenas quebraron, y otras tuvieron que dedicarse a otros negocios, circunstancias que abrieron paso a los gángsteres para hacerse millionarios en el mercado negro.

Si la droga fuera legalizada, el crimen organizado perderìa miles de millones de dólares, y las drogas se venderìan en el mercado abierto donde pueden participar las empresas legìtimas.

En tercer lugar, la prohibición de las drogas representa un caso tìpico de lo que se denomina, "tirar dinero a los problemas." Todos los años, el gobierno federal gasta unos 16 mil millones de dólares tratando de hacer cumplir las leyes antidrogas - inútilmente. Cuando aumenta el consumo de drogas, el gobierno pide más dinero de los contribuyentes para reforzar la lucha contra la creciente amenaza. Pero cuando aquèl disminuye, el gobierno dice que serìa un error el cercenar los gastos justo cuando las cosas van mejorando. O sea que, pase lo que pase, el gasto estatal debe mantenerse o incrementarse, pero nunca disminuirse.

En cuarto lugar, las leyes antidrogas han causado enormes trastornos sociales. Han convertido nuestras ciudades en campos de batalla, e invertido el orden social normal. La prohibición de la droga ha creado una subcultura criminal en la ciudad central. Las utilidades astronómicas que rinden los negocios en el mercado negro significan que, para muchos, el tráfico en drogas es la actividad más lucrativa a la que pudieran dedicarse, especialmente para los que no se preocupan de estar bien con la ley.

El resultado es que los narcotraficantes se vuelven los personajes de mayor èxito en la ciudad central, son los que tienen dinero, ropa buena, y automóviles. Dentro de una comunidad, el orden social se ve invertido cuando el que triunfa es el que viola la ley. La guerra contra las drogas hace casi imposible obtener paz y prosperidad en la ciudad central.

En quinto lugar, las leyes antidrogas destruyen las familias. Hay demasiados padres que se han visto separados de sus hijos por haber sido declarados culpables de tener marihuana, de vender drogas en pequeñas cantidades, o de alguna otra violación que no implicó violencia alguna.

En sexto lugar, la prohibición de las drogas conduce a abusos de nuestra libertad. El deseo de ganar esta guerra que no se puede ganar, ha producido interceptaciones de las conversaciones telefónicas, incautaciones de propiedades, y otros abusos de las libertades tradicionales de los norteamericanos. En los casos más tristes hasta han muerto inocentes: seres humanos como Donald Scott, cuyo hogar fue asaltado por la policìa en una redada a la hora del amanecer, so pretexto de que cultivaba marihuana, y que murió de los balazos que recibió al entrar a la sala con una pistola a defenderse de los asaltantes; o como el Rev. Accelyne Williams, un pastor de 75 años de edad, que falleció de un ataque al corazón cuando la policìa de Boston irrumpió en su morada buscando drogas - en el apartamento equivocado; o bien como el muchacho Esequiel Hernández, quien, apenas seis dìas despuès de haber cumplido los 18 años, estaba atendiendo las cabras de su familia cerca del Rìo Grande, cuando lo mató a tiros una patrulla de Marines que buscaba narcotraficantes.

Es hora de abandonar las ideas viejas y reconocer que la guerra contra las drogas es un fracaso. Propongo que se intente una polìtica nueva: que se permita a cada adulto tomar su propia decisión con respecto a las drogas.

David Boaz es el autor del libro, Libertarianism: A Primer . Este artìculo editado por The Future of Freedom Foundation, de Fairfax, estado de Virginia.

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