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La caida del halcón negro y los militares estadounidenses
por Jacob G. Hornberger, julio 2002

La película recientemente estrenada “La caída del Halcón Negro” propone un desafío interesante a quienes piensan que están apoyando a los militares estadounidenses cuando apoyan la decisión del gobierno de los Estados Unidos de enviarlos a la guerra.

En 1993, la administración de Clinton envió soldados estadounidenses a Mogadishu, ciudad capital de Somalia, que se encontraba en medio de una guerra civil, para capturar al líder guerrillero Mamad Farrah Aidid. Los somalíes se defendieron, derribando finalmente a dos helicópteros Halcones Negros y asesinando a 18 estadounidenses. Poco después de sus muertes, Clinton ordenó la retirada de las fuerzas estadounidenses de Somalia.

Demasiados estadounidenses, incluso cuando lamentaron la pérdida de soldados americanos en batalla, se olvidaron de hacer una pregunta fundamental: ¿Los soldados estadounidenses fueron sacrificados por una causa sin valor e incluso, quizás, inmoral? La actitud siempre debería ser que los soldados estadounidenses mueren por la “libertad” simplemente porque están peleando bajo las órdenes del gobierno de los Estados Unidos.

Pero desafortunadamente, este no es siempre el caso. Consideremos Somalia. ¿Qué estaban haciendo esos 18 soldados estadounidenses en Somalia? Estaban allí porque el presidente Clinton les ordenó que ayudaran a alimentar a la gente que se estaba muriendo de hambre en ese país.

Surgen tres preguntas: En primer lugar, ¿es un rol legítimo del gobierno alimentar a personas hambrientas (tanto internacionalmente como localmente)? Segundo, ¿alimentar a personas hambrientas en el mundo es una causa que valga el sacrificio de soldados estadounidenses? Tercero, ¿esta misión tiene algo que ver con la libertad de los estadounidenses?

Voy a presumir que la respuesta para las tres preguntas es “no”. En principio, ayudar a otros no significa nada, salvo que provenga del corazón voluntario de los individuos. La caridad genuina existe si la gente voluntariamente quiere donar dinero para alimentar a gente hambrienta en el mundo.

Pero la caridad gubernamental se funda en una premisa totalmente diferente –coerción, o sea lo contrario a la acción voluntaria. Un sistema político en el que el gobierno pone impuestos a las personas para distribuir el dinero a los más necesitados no es caridad –en realidad es anti-caridad y anti-libertad porque se funda en la fuerza, en lugar de en la acción voluntaria.

Entones, más allá de cualquier explicación de que esos 18 estadounidenses murieron en Somalia por la “libertad”, la verdad es que el gobierno de Estados Unidos los mandó a morir por una causa menos valiosa.

No fue la primera vez. Consideremos Vietnam, un país a cientos de miles de kilómetros donde 60.000 soldados estadounidenses perdieron sus vidas. ¿Su misión? “Matar comunistas”. ¿Cuántos? Nunca nadie lo supo. Todo lo que importaba era la contabilización de cuerpos que confirmaba que los soldados estadounidenses estaban “matando comunistas”. Afortunadamente, los estadounidenses finalmente se preguntaron si “matar comunistas” era un motivo lo suficientemente valioso como para morir (o más precisamente, como para sacrificar soldados estadounidenses), y exigieron con éxito la retirada de la Guerra de Vietnam.

¿Y qué hay de la Primera Guerra Mundial, en la cual decenas de miles de estadounidenses murieron en campos de batalla europeos? ¿Cuál era su misión? Era una demasiado vaga: “Para hacer que el mundo sea más seguro para la democracia” y para finalmente poner un fin a la guerra. No sólo no se consiguieron estos objetivos, sino que la intervención de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial en realidad contribuyó a la condición de caos e inestabilidad que dio lugar a Adolfo Hitler y a la Segunda Guerra Mundial, como así también a la Unión Soviética y la amenaza del comunismo internacional. Los hombres estadounidenses que el gobierno de Estados Unidos envió a Europa en la Primera Guerra Mundial no murieron por la libertad; murieron por nada.

Recientemente ocho hombres de servicio estadounidenses perdieron sus vidas en la congelada cima de una montaña en Afganistán como parte de la nueva nebulosa del gobierno de Estados Unidos, la indefinida “guerra contra el terrorismo”. Su misión: “matar terroristas”. ¿Cuántos terroristas deben matar para que se declare la victoria? Desafortunadamente, nadie lo sabe, ni siquiera los funcionarios estadounidenses.

El deber de los soldados es seguir órdenes, no cuestionar la misión a la que son enviados. Por eso los soldados en esos helicópteros Halcones Negros en Somalia, murieron. Por eso murieron los soldados en Vietnam. Por esos murieron militares en la Primera Guerra Mundial.

Pero el deber de la ciudadanía es cuestionar y desafiar las misiones para las cuales su gobierno envía a sus hombres y mujeres a la acción. Tal como los estadounidenses lo han aprendido por el camino más duro, el gobierno de Estados Unidos, a veces sacrifica a soldados estadounidenses por causas sin valor. ¿Cuántos más soldados norteamericanos deben morir en Afganistán antes de que los estadounidenses comiencen a cuestionar su misión allá?

 

Jacob G. Hornberger es presidente de The Future of Freedom Foundation, co-editor de “The Failure of America’s Foreign Wars”, y un ex oficial de infantería.

Traducción de Hernán Alberro
 

 

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