Los norteamericanos aman la libertad. Eso es lo que dicen. Efectivamente, en
nombre de la libertad apoyan una guerra contra el terrorismo.
Pero, ¿de veras desean la libertad? Sea Vd. el juez de ello.
Veamos los ámbitos donde el Estado manifiesta un grado de preocupación,
menos que quisquilloso, con respecto a la libertad individual. ¿Qué pueden
decirnos de la guerra contra los que usan las drogas, contra los que las
fabrican y contra los que las venden? Esta guerra no es más que la
imposición de un decreto estatal respecto a lo que se le permite cultivar,
producir, vender e ingerir a la gente pacífica. ¿De dónde sacó el Estado
tales poderes? Es una política que claramente viola nuestros derechos, como
ya lo reconoció Thomas Jefferson. En la Constitución no existe ninguna
autoridad para ello. (La prohibición de las bebidas alcohólicas precisó la
aprobación de una enmienda a la Constitución.) Es una violación de la
libertad, punto final.
Las defensas que normalmente se ofrecen para esta política, se desmoronan
solas. Si la gente que se mete en el negocio de las drogas recurren a la
violencia, estos crímenes (y no la actividad relacionada directamente con
las drogas) pueden enjuiciarse y castigarse. La mayor parte de los que toman
drogas no cometen crímenes de violencia. Si representan un peligro para
ellos mismos, pues eso es parte de la sociedad libre. Existen muchas otras
actividades peligrosas, del paracaidismo a la bebida, que no están
prohibidas. ¿Por qué prohibir arbitrariamente la categoría de sustancias que
se denominan, drogas peligrosas?
El Estado intenta descaradamente de relacionar la droga con el terrorismo.
Pero todo el que se ponga a investigar el asunto con la mente abierta, podrá
ver que es el mercado negro, hijo de la prohibición, el que liga la droga
con el terrorismo. Bin Laden no podría subvencionar sus operaciones con la
venta ni de whisky ni de cigarrillos. Si la heroína sirve para financiar al
grupo al-Qaeda, ello es porque el Estado la ha vuelto ilegal. Lo que
finalmente rompió el vínculo entre la bebida y el crimen organizado no fue
la abstención, sino la abrogación del estado de prohibición.
La salud mental es otro ámbito donde los norteamericanos muestran una
marcada falta de interés en la libertad. Es sólo bajo las leyes relativas a
la salud mental, que alguien que no haya cometido crimen alguno pueda ser
confinado, endrogado y sometido a otras violaciones contra su voluntad. Como
lo ha señalado el psiquiatra Thomas Szasz durante casi medio siglo, pese a
los mejores intentos interesados de los profesionales de la salud mental
siempre resulta imposible conciliar estos estatutos con el imperio de la
ley.
Pero, ¿acaso no representa el enfermo mental un peligro para sí mismo y para
los demás? Para los que verdaderamente representan un peligro para los
demás, existen las leyes contra el crimen. En la sociedad libre, el ser un
peligro para sí mismo no debería invocar el poder del Estado. El diabético
que no quiere inyectarse la insulina es un peligro para él mismo, pero la
ley admite su derecho a serlo. ¿Por qué motivo ha de tratarse de manera
distinta a los enfermos mentales?
Pero, dicen los defensores de los enfermos mentales, los pacientes
psiquiátricos no saben lo que es mejor para ellos. Es aquí donde la
psiquiatría choca con el imperio de la ley. El dar a los médicos el poder de
declarar incapaz de conocer sus propios intereses a una persona consciente,
para detenerla o endrogarla contra su voluntad, es un insulto a la sociedad
libre. Eso mismo es lo que sucedió en la Rusia soviética y en la Alemania
nazi: no debería suceder aquí.
El Dr. Szasz ha señalado que la enfermedad mental es una metáfora que denota
el mal comportamiento. La frase, mente enferma, no es más literal que la
frase, mente sucia. La clase dirigente psiquiátrica se ha percatado de la
dificultad y hoy en día se refiere a lo que ha designado los trastornos del
cerebro. Le falta por producir evidencias de que lo que antes se
denominaba, enfermedad mental, sea realmente un trastorno cerebral, pero
esto no viene al grano. No hay ley alguna que permita ni endrogar ni
hospitalizar involuntariamente (es decir, aprisionar) a la gente que padece
de trastornos cerebrales establecidos, tales como la epilepsia y el mal de
Parkinson. Una vez más, ¿qué razón puede darse para tratar de manera
distinta a los esquizofrénicos? ¿Qué se hizo de la paridad?
Es fácil decir que uno está a favor de la libertad. La integridad radica en
ajustar nuestras acciones a nuestras palabras, aun cuando ello nos resulte
incómodo.