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Por Palabra Clave

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¿Es cierto que los norteamericanos desean la libertad?
por Sheldon Richman, junio 2002

Los norteamericanos aman la libertad. Eso es lo que dicen. Efectivamente, en nombre de la libertad apoyan una guerra contra el terrorismo.

Pero, ¿de veras desean la libertad? Sea Vd. el juez de ello.

Veamos los ámbitos donde el Estado manifiesta un grado de preocupación, menos que quisquilloso, con respecto a la libertad individual. ¿Qué pueden decirnos de la guerra contra los que usan las drogas, contra los que las fabrican y contra los que las venden? Esta “guerra” no es más que la imposición de un decreto estatal respecto a lo que se le permite cultivar, producir, vender e ingerir a la gente pacífica. ¿De dónde sacó el Estado tales poderes? Es una política que claramente viola nuestros derechos, como ya lo reconoció Thomas Jefferson. En la Constitución no existe ninguna autoridad para ello. (La prohibición de las bebidas alcohólicas precisó la aprobación de una enmienda a la Constitución.) Es una violación de la libertad, punto final.

Las defensas que normalmente se ofrecen para esta política, se desmoronan solas. Si la gente que se mete en el negocio de las drogas recurren a la violencia, estos crímenes (y no la actividad relacionada directamente con las drogas) pueden enjuiciarse y castigarse. La mayor parte de los que toman drogas no cometen crímenes de violencia. Si representan un peligro para ellos mismos, pues eso es parte de la sociedad libre. Existen muchas otras actividades peligrosas, del paracaidismo a la bebida, que no están prohibidas. ¿Por qué prohibir arbitrariamente la categoría de sustancias que se denominan, “drogas peligrosas”?

El Estado intenta descaradamente de relacionar la droga con el terrorismo. Pero todo el que se ponga a investigar el asunto con la mente abierta, podrá ver que es el mercado negro, hijo de la prohibición, el que liga la droga con el terrorismo. Bin Laden no podría subvencionar sus operaciones con la venta ni de whisky ni de cigarrillos. Si la heroína sirve para financiar al grupo al-Qaeda, ello es porque el Estado la ha vuelto ilegal. Lo que finalmente rompió el vínculo entre la bebida y el crimen organizado no fue la abstención, sino la abrogación del estado de prohibición.

La salud mental es otro ámbito donde los norteamericanos muestran una marcada falta de interés en la libertad. Es sólo bajo las leyes relativas a la salud mental, que alguien que no haya cometido crimen alguno pueda ser confinado, endrogado y sometido a otras violaciones contra su voluntad. Como lo ha señalado el psiquiatra Thomas Szasz durante casi medio siglo, pese a los mejores intentos interesados de los profesionales de la salud mental siempre resulta imposible conciliar estos estatutos con el imperio de la ley.

Pero, ¿acaso no representa el enfermo mental un peligro para sí mismo y para los demás? Para los que verdaderamente representan un peligro para los demás, existen las leyes contra el crimen. En la sociedad libre, el ser un peligro para sí mismo no debería invocar el poder del Estado. El diabético que no quiere inyectarse la insulina es un peligro para él mismo, pero la ley admite su derecho a serlo. ¿Por qué motivo ha de tratarse de manera distinta a los enfermos mentales?

Pero, dicen los “defensores” de los enfermos mentales, los pacientes psiquiátricos no saben lo que es mejor para ellos. Es aquí donde la psiquiatría choca con el imperio de la ley. El dar a los médicos el poder de declarar incapaz de conocer sus propios intereses a una persona consciente, para detenerla o endrogarla contra su voluntad, es un insulto a la sociedad libre. Eso mismo es lo que sucedió en la Rusia soviética y en la Alemania nazi: no debería suceder aquí.

El Dr. Szasz ha señalado que la enfermedad mental es una metáfora que denota el mal comportamiento. La frase, “mente enferma,” no es más literal que la frase, “mente sucia.” La clase dirigente psiquiátrica se ha percatado de la dificultad y hoy en día se refiere a lo que ha designado los “trastornos del cerebro.” Le falta por producir evidencias de que lo que antes se denominaba, “enfermedad mental,” sea realmente un “trastorno cerebral,” pero esto no viene al grano. No hay ley alguna que permita ni endrogar ni hospitalizar involuntariamente (es decir, aprisionar) a la gente que padece de trastornos cerebrales establecidos, tales como la epilepsia y el mal de Parkinson. Una vez más, ¿qué razón puede darse para tratar de manera distinta a los “esquizofrénicos”? ¿Qué se hizo de la paridad?

Es fácil decir que uno está a favor de la libertad. La integridad radica en ajustar nuestras acciones a nuestras palabras, aun cuando ello nos resulte incómodo.

 

Sheldon Richman es académico de The Future of Freedom Foundation en Fairfax, estado de Virginia, autor de la obra, Tethered Citizens: Time to Repeal the Welfare State (“Ciudadanos Atados: Es Hora de Abolir el Estado del Bienestar”), y redactor de la revista, Ideas on Liberty (“Ideas Sobre la Libertad”).  


Traducción: Jorge Amador.

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