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Por Palabra Clave

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La vergüenza de los conservadores en torno a la inmigración
por Jacob G. Hornberger, junio 2000

El declive moral del movimiento conservador se puso en evidencia no hace mucho en un escrito periodìstico de Don Feder, una de los personajes más eminentes del conservadorismo. La crìtica del señor Feder, que en parte atacó al Partido Libertariano por preconizar la libre inmigración, demuestra no solamente la hipocresìa de los conservadores sino tambièn una evidente falta de lógica.

A diferencia del programa polìtico del Partido Republicano, el programa del Partido Libertariano siempre se ha declarado absolutamente a favor de los principios de la libertad individual, de la propiedad privada, del mercado libre y del Estado limitado. He aquì lo que dice el programa del Partido Libertariano acerca de la inmigración (www.lp.org):

"Damos la bienvenida a nuestra patria a todos los refugiados, y condenamos los esfuerzos de los funcionarios de EE.UU. de crear una nueva 'Muralla de Berlìn' para mantenerlos cautivos. Condenamos la polìtica del gobierno estadounidense, de negar la entrada a los refugiados y de impedir que los norteamericanos los ayuden a escaparse de la tiranìa o a mejorar sus perspectivas económicas.... Por lo tanto exigimos la eliminación de toda restricción sobre la inmigración, asì como la abolición tanto del Servicio de Inmigración y de Naturalización como de la Patrulla Fronteriza, y además exigimos la amnistìa incondicional para todos los que hayan entrado en el paìs ilegalmente. Nos oponemos a la asistencia estatal y a las subvenciones para los que no son ciudadanos, del mismo modo en que nos oponemos a las subvenciones estatales para todos los demás."

Ahora citemos lo que escribió Don Feder en su artìculo: "Si unos 50 millones de mexicanos eligieran mudarse a California y a Texas, de modo que cundiera el caos y perdièramos la identidad nacional, ¿por què habrìa ello de importarles a los libertarianos?"

El análisis de Feder es tìpico del conservador y del republicano: defectuoso, falaz y lleno de hipocresìa.

Tengamos en cuenta, y que nunca se nos olvide, la manera en que se ha abusado del poder de controlar la inmigración. Recordemos el infame "viaje de los condenados," cuando en vìsperas de la IIa. Guerra Mundial la administración de Franklin Roosevelt no dio el permiso para que los refugiados judìos de la Alemania nazi que venìan en el barco San Luis pudieran desembarcar en el puerto de Miami. La justificación: el control de la inmigración.

Hoy dìa, la hipocresìa y la degeneración moral del movimiento conservador se manifiesta por la repatriación forzosa de los refugiados cubanos a la tiranìa comunista. Llamándose a sì mismos "conservadores con compasión," que estiman a los hispanos cada vez que se acercan las elecciones, los republicanos por varios años han apoyado la repatriación de los refugiados cubanos a la tiranìa comunista de Cuba. Y èsto despuès de haber sacrificado a 60.000 jóvenes norteamericanos en el sureste de Asia, dizque para combatir el comunismo.

Durante varias dècadas los conservadores han ido metiendo en la cárcel a los mexicanos y demás latinos que cruzaron la frontera meridional en busca de empleo para poder mantener a sus familias o para superarse mediante el trabajo. Al mismo tiempo, los conservadores han seguido tratando de introducir la Biblia - posiblemente hasta el mandamiento, "Ama a tu prójimo como a tì mismo" - en las escuelas públicas.

Históricamente los inmigrantes mexicanos han poseìdo precisamente aquellos valores que dicen los conservadores que ellos tanto estiman: la familia, la ètica del trabajo y la religión. La inmigración mexicana ha enriquecido nuestra cultura y nuestra economìa con sus esfuerzos, su música y su literatura. Al mismo tiempo que han seguido manteniendo los vìnculos naturales de cultura y de familia con amigos y familiares en Mèxico, los mèxicoamericanos históricamente han querido profundamente a su patria adoptada. Puede que el señor Feder no sepa que, durante la IIa. Guerra Mundial, 300.000 mèxicoamericanos sirvieron a nuestra patria, y que en las divisiones de combate sirvieron más de este grupo que de cualquier otro origen ètnico. Ni que 17 se ganaron la Medalla de Honor, 5 de ellos despuès de haber caìdo.

El temor de Feder en torno al "caos" y a la "pèrdida de la identidad nacional" es alocado. Cuando Estados Unidos se hizo con la mitad norte de Mèxico en el 1848, ¿acaso cundió el "caos" o se perdió la "identidad nacional"? ¿O durante los próximos 75 años, cuando no existìan obstáculos a la inmigración entre Mèxico y Estados Unidos y los mexicanos podìan viajar libremente a Estados Unidos, vivir aquì y poner sus propios negocios sin tener que volverse ciudadanos norteamericanos?

Y, ¿a cuál "identidad nacional" es que se refiere el señor Feder? ¿A la de Nueva York? ¿A la de Charleston? ¿Miami? ¿Nueva Orleáns? ¿San Francisco? ¿Salt Lake City? El hecho es sencillamente que Estados Unidos nunca ha tenido tal "identidad nacional." Nuestra cultura siempre ha sido la de la libertad, lo cual ha constituido una de nuestras más grandes ventajas.

El pueblo norteamericano deberìa rechazar el modelo conservador de las murallas estatales, idea que está en bancarrota moral, y unirse a los esfuerzos libertarianos de volver a encender la lámpara de la Estatua de la Libertad.

Jacob Hornberger es el presidente de The Future of Freedom Foundation (www.fff.org) y corredactor de la obra, The Case for Free Trade and Open Immigration (El Caso a Favor del Librecambio y de la Libre Inmigración).

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