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Por Palabra Clave

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Previniendo holocaustos
por Sheldon Richman, abril 1999

"La vida es bella", ganador de premios Oscar como mejor pelìcula extranjera y mejor actor (Roberto Benigni), es un film notable. Esta pelìcula, que narra el intento de un padre judìo italiano de proteger a su hijo de los nazis, es tal vez la más poderosa que alguna vez se haya hecho sobre el Holocausto. El film causa impresión precisamente porque se centra en la penosa experiencia de una familia y yuxtapone horror y humor.

¿Què piensan los espectadores cuando abandonan el cine? Indudablemente las reacciones más comunes están aproximadamente en estos tèrminos: "los nazis eran malvados". O bien: "el odio y la intolerancia son terribles". Hasta ahì, está bien. Pero eso es no ir suficientemente lejos.

¿Cuánta gente, me pregunto, salió pensando: "el gobierno puede, ciertamente, ser peligroso. ¿Cómo podremos limitar su poder de manera tal que nunca vuelva a involucrarse en sistemáticas matanzas?"? Demasiado poca, me temo.

El odio asesino fue ciertamente una condición necesaria para el Holocausto. Pero difìcilmente fuese una condición suficiente. ¿Cuántos judìos hubieran podido Hitler y sus asesinos matar si Alemania hubiese tenido una fuerte tradición de libertad individual y propiedad privada apuntalando a un gobierno constitucionalmente limitado? La pregunta se responde sola.

En efecto, Alemania no tenìa tal tradición. La Alemania moderna fue la creación de Otto von Bismarck, el autoritario Canciller de Acero, quien usó el poder del gobierno tanto para suprimir a sus adversarios como para comprar la lealtad del pueblo. Bismarck inició el primer "estado de bienestar" moderno. Su sistema, diseñado para atar a la clase trabajadora al gobierno y evitar que se uniera a los liberales (es decir, a quienes abogaban por un gobierno pequeño y limitado) o a los marxistas, ofreció seguridad social por discapacidad, enfermedad y vejez. La libertad fue entregada a cambio de seguridad. El resultado: generaciones de dependientes alemanes que se acostumbraron a esperar todo del gobierno y estuvieron ansiosos por hacer cualquier cosa que el gobierno les pidiera como contraprestación.

Ese trasfondo creó las condiciones para que ocurriera un desastre. La derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, un vengativo tratado de paz, las reparaciones y la hiperinflación resultante fueron más que suficientes para empujar al pueblo alemán ansiosamente a los brazos de un clásico "hombre fuerte" que identificó un chivo expiatorio y prometió "justicia" para una nación agraviada. Todo lo que necesitaban hacer era darle poderes absolutos, y lo hicieron.

Asesinatos en la escala perpetrada por Hitler (y por Lenin, Stalin, Pol Pot, Idi Amin y otros) requieren el concurso de un estado; esto es, de una legitimada maquinaria de fuerza. Sólo un estado puede concentrar, gracias a los impuestos, los recursos necesarios para tan monstruoso objetivo. Más importante aún es que sólo un estado tiene la mìstica, gracias a sus escuelas y otros órganos de propaganda, para disponer de la lealtad requerida para que un gran número de ciudadanos coopere o al menos consienta. Un dictador es simplemente un rufián con poder polìtico.

El odio y la intolerancia parece que serán rasgos del panorama social por bastante tiempo más. Serìa lindo verlos desaparecer, pero... seamos realistas. Tratar de prevenir futuras matanzas sistemáticas mediante la abolición del odio y la intolerancia es ingenuo y fútil, especialmente si mientras tanto el gobierno acumula nuevos poderes. Un camino más eficaz y viable (si bien todavìa difìcil) es institucionalizar estrictos lìmites al poder gubernamental. En los Estados Unidos, eso significa tomar la Constitución en serio. James Madison, padre de la Constitución, dijo que èsta creó un gobierno cuyos poderes eran "pocos y precisos". Thomas Jefferson sostuvo que, si el poder del gobierno no tuviera lìmites, "entonces no tendrìamos Constitución". Los fundadores de los Estados Unidos advirtieron que libertad y gobierno limitado van de la mano. Es por ello que privilegiaron la separación de poderes, los frenos y contrapesos y el federalismo. Remueve los lìmites y destruirás la libertad.

Hoy el gobierno define sus propios poderes. Como resultado, somos menos libres que las generaciones precedentes.

El Holocausto fue una consecuencia extrema del gobierno ilimitado. La manera de decir "nunca más" es refrenar al gobierno mediante constricciones constitucionales al poder. Cuando eso sea logrado, a los aspirantes a dictadores les será difìcil llegar a liderar algo más que una pandilla de delincuentes.

Sheldon Richman es asociado senior en The Future of Freedom Foundation de Fairfax (Virginia, Estados Unidos) y editor de la revista The Freeman.

Traducción por Roberto Dania (Fundación Atlas para una Sociedad Libre, Buenos Aires, Argentina).

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