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Por Palabra Clave

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Para apoyar a los disidentes cubanos, demos fin al embargo
por Jacob G. Hornberger, marzo 1999

Si el gobierno en Cuba insiste en poner en la cárcel a los ciudadanos cubanos por criticar el sistema socialista, va a tener que formular un nuevo plan de cinco años para construir más cárceles.

A principios de marzo, pasè una semana en Cuba. Bajo el embargo estadounidense contra la isla, para los norteamericanos es ilegal gastar dinero allá, asì que tuve que obtener un permiso del Departamento del Tesoro para poder viajar a Cuba, dando como motivo que iba a realizar un estudio informal del sistema socialista de ese paìs. Luego tuve que conectarme con la Sección de Intereses Cubanos en Washington, D.C., para pedir una visa especial de "investigación" para poder entrar, dando como motivo que iba a realizar un estudio informal de los efectos del embargo en Cuba. Las autoridades cubanas me dieron la visa, autorizándome para entrevistarme con la gente en la calle y con los acadèmicos de los "centros de investigación" en la Universidad de La Habana.

Al llegar a La Habana, la tensión era palpable. Siempre es peligroso ser disidente en Cuba, por supuesto, hecho subrayado por el juicio de cuatro disidentes que habìan propuesto reformas al sistema cubano, y máxime porque habìan transmitido partes del juicio por televisión. (Los disidentes recibieron sentencias de 3 a 5 años de cárcel.)

Asì y todo - y esto posiblemente sirva para ilustrar la desesperada situación de los cubanos - pude entrevistar a docenas de cubanos en la calle, que hablaron franca y libremente, aunque siempre despuès de haberse asegurado que nadie vigilaba nuestra conversación. Cierta realidad se manifestó una y otra vez: Mientras que muchos de los acadèmicos en los centros oficiales de investigación todavìa pretenden creer que eventualmente el socialismo podrá mejorar el nivel de vida del pueblo, el pueblo en la calle está harto de la economìa socialista de Cuba.

Un hombre, de unos 35 años de edad, me dijo que no puede ni siquiera comprar zapatos para sus hijos. Al preguntarle què le parece que el Estado sea el dueño de todo y que sea el patrón de casi todos, se me acercó y me dijo en voz bien baja, "¡Es una mierda!"

Una joven que trabaja en un museo, comentó que para ella y su hijita la vida es triste y desesperada. Trabajando en el museo un dìa sì y otro no, recibe 150 pesos cubanos (unos 7 dólares) al mes. Cuando le preguntè si tenìa otro empleo en los dìas libres, me respondió criticamente que "No, en Cuba no está permitido tener dos trabajos y a menudo tenemos que rendir servicio social en los dìas libres." Me dijo en voz baja lo que se volvió un refrán durante mi visita: "Si tienes ropa para regalar, te agradezco que me la des, pero con discreción por favor."

Le preguntè a un taxista, cincuentenario, por què los edificios en La Habana se ven tan deteriorados, como si no hubieran recibido ni una pincelada de pintura en 40 años. Pensó por algunos momentos y formuló su respuesta con fineza: "Cuando uno es dueño de su propia casa, uno la cuida. Cuando la sociedad es el dueño de la casa, nadie se ocupa de ella."

De una señora jubilada de 60 años de edad, quise saber si todavìa tenìa esperanzas para el futuro, y me respondió, "Estoy muy vieja para tener esperanzas." Le hice la misma pregunta a otra mujer, de unos veinte años, y ella dijo: "¿Què puede hacer una sola persona? Cuando el Estado es el único patrón, la resistencia resulta en que te trasladen a otra ciudad. Lo que se necesita para ayudarnos es que haya alguien con el ánimo valiente que tuvo Fidel hace 40 años. Desgraciadamente, todos los que son asì se van a Miami."

Nadie en Cuba, salvo posiblemente los que están a la cabeza de la jerarquìa polìtica, pueden responder afirmativamente a la pregunta, "¿Te encuentras en mejor situación actualmente que hace 10, 20, 30 ó 40 años?" Una sociedad que antaño proporcionaba un nivel de vida relativamente alto, hoy dìa libra una lucha desesperada sencillamente por la subsistencia. La Habana, antiguamente una de las ciudades más bellas del mundo, ahora parece haber sido un campo de batalla.

Como resulta imposible vivir de las raciones que el Estado reparte, la gente hace lo necesario para poder sobrevivir. Una señora que alquila una habitación a los turistas, bajo las leyes nuevas, me informa que además vende comidas a otros turistas que no se quedan en su casa, lo cual es ilegal. Conocì a ingenieros capacitados que manejan taxis para ganarse propinas (en dólares) de los turistas. Me dicen que un mèdico cubano se ha hecho gran fama por los pastelitos que vende despuès de salir de la oficina. Una mujer me cuenta que dejó de ser maestra para dedicarse al alquiler de tres cuartos en su casa.

Durante cuatro decenios, el embargo de Estados Unidos (que en Cuba llaman el "bloqueo") solamente ha logrado empeorar la situación para el pueblo cubano. Dicen que, "Fidel no ha sufrido por el 'bloqueo'. Los cubanos somos los que hemos sufrido." Oì decir que, pese a la retórica incesante de Fidel, en realidad el embargo ha sido su mejor carta. En un golpe brillante, me informan, Castro ha podido atribuir las dificultades económicas de su paìs al embargo y, más recientemente, a la Ley Helms-Burton, en vez de al socialismo. Esta percepción la reforzaron los acadèmicos de lìnea dura en los centros de investigación, que no se cansaron de prometer lo exitoso que serìa el socialismo cubano si no fuera por el embargo y la Helms-Burton. Un joven me dijo, "Que acaben de quitar el embargo para que la gente pueda ver que el problema real es el socialismo."

Por supuesto, siempre me resultaba imposible explicar por què los norteamericanos, pese a los beneficios de la libertad económica que con tanto orgullo proclaman, permiten que el Estado les dictamine cómo pueden gastar su propio dinero.

Lo que más me sorprendió durante mi viaje a Cuba, fue cómo me trataron los cubanos. Todos los dìas visitè a gente de todos los ámbitos - meseros, criadas, heladeros, choferes de taxi, vendedores de libros, artesanos, guìas de museo, estudiantes, dependientes de tiendas, profesores, y muchos más. Para poder sacar una mejor idea de cómo vive el cubano promedio, cenè en paladares (restaurantes licenciados en los hogares particulares), y por $25 pasè una noche en una habitación en la casa de una señora mayor.

A causa del daño que el embargo ha hecho durante todo este tiempo, habìa anticipado recibir múltiples insultos y descortesìas. Quedè maravillado al descubrir que fue precisamente lo opuesto. Nunca en la vida he tratado con gente tan buena y amistosa como lo son los cubanos. A veces tuve que preguntar, "¿Por què son tan corteses conmigo, despuès de lo que les ha hecho mi gobierno?" La respuesta siempre fue igual y reveladora: "¿Què culpa tienes tú de lo que haya hecho tu gobierno?" Mi viaje a Cuba reforzó el odio que le tengo al socialismo; tambièn me hizo enamorarme del pueblo cubano.

Al cabo de 40 años, ha llegado el momento de poner fin a dos de las mayores fuentes de opresión económica que se hayan visto en nuestro siglo: el sistema socialista de Cuba, y el embargo económico de EE.UU. contra Cuba. Poner fin al socialismo cubano es asunto del pueblo de Cuba. Poner fin al embargo es asunto nuestro.

Jacob G. Hornberger es presidente de The Future of Freedom Foundation, en Fairfax, estado de Virginia, y el co-editor de The Case for Free Trade and Open Immigration.

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