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Por Palabra Clave

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Las fronteras abiertas: Un regalo de nuestros fundadores
por Jacob G. Hornberger, febrero 1999

Los estadounidenses somos pueblo afortunado. Hace más de doscientos años, nuestros Padres Fundadores tuvieron la sabidurìa y la previsión de protegernos de los actuales funcionarios gubernamentales. Los forjadores de la Constitución se aseguraron que los respectivos estados de la Unión estarìan por siempre impedidos de implementar unos contra otros restricciones comerciales y controles inmigratorios. El resultado ha sido la más grande zona de libre comercio y libre migración de la historia.

Lo damos por sentado, pero es imposible exagerar los beneficios de las fronteras abiertas dentro de los Estados Unidos. Es algo fantástico que los norteamericanos puedan viajar al estado que deseen sin encontrar aduanas ni oficiales de Migraciones en las fronteras. Cuando viajamos en las autopistas, suele ocurrir que el único aviso de que estamos cruzando una frontera estatal sea un cartel de bienvenida. Y, además, compramos, vendemos e invertimos en otros estados de la Unión sin encontrar tarifas, cuotas a la importación ni otras medidas proteccionistas.

¿Por què deberìamos estar agradecidos de que nuestros Padres Fundadores hayan protegido la idea de mantener las fronteras abiertas en la Constitución? Porque si no hubiese sido asì, no cabe la menor duda de que los gobernadores de cada estado librarìan unos contra otros una guerra en nombre del comercio y las inmigraciones. Despuès de todo, la mayorìa de los polìticos actuales son no sólo ardientes entusiastas de los controles comerciales e inmigratorios sino que honestamente creen que producen prosperidad económica.

Podemos imaginar al gobernador de Iowa proclamando a sus conciudadanos: "Amigos, nuestro dèficit comercial con California es peor cada mes. Les seguimos comprando naranjas y micropocesadores, pero no existe reciprocidad por parte de ellos al no comprarnos suficientes cerdos. Las cuentas no cierran. Algo habrá que hacer o Iowa ya no existirá como estado. Necesitamos aranceles y cuotas de importación hasta que los californianos nos compren tanto como lo que les compramos nosotros".

Podemos imaginar al gobernador de Texas diciendo: "Mis amigos, los neoyorquinos están inundando Texas y quitándonos nuestros empleos. No encajan dentro de nuestra cultura y constantemente nos recuerdan: 'En Nueva York no lo hacemos asì'. Lo peor de todo es que nos traen sus ideas socialistas como son los impuestos a los ingresos y los controles de los alquileres. Tenemos suficiente gente en Texas y no necesitamos más. Es tiempo de cerrar nuestras puertas a esos extranjeros."

Podemos imaginar al gobernador de Nueva Jersey diciendo: "Amigos, tenemos que protegernos de las empresas de Mississippi. Allá no pagan buenos salarios y nosotros sì lo hacemos. ¿Cómo van a competir nuestras empresas, que pagan salarios elevados, contra empresas que tienen bajos costos laborales? Creo en el libre comercio, pero entre quienes están en las mismas condiciones".

Afortunadamente, la previsión que hace más de doscientos años tuvieron los redactores de la Constitución nos protege de todo esto. Las fronteras abiertas han garantizado a los norteamericanos la libertad de comerciar, moverse y viajar entre los diferentes estados de la Unión.

Sin embargo, las fronteras abiertas han logrado más que eso: han contribuido a lograr el mayor nivel de vida de la historia. Porque cuando la gente es libre para trasladarse y hacer negocios, aumenta su nivel de vida por el solo hecho de actuar bajo los parámetros de la libertad. En cada transacción, uno entrega algo que valora menos por algo que considera de más valor. Cuando una persona negocia 10 manzanas con otra que tiene 10 naranjas, ambos han aumentado su nivel de vida por el simple hecho del intercambio. Asimismo, cuando nos mudamos a una nueva localidad, abandonamos algo que valoramos menos por algo que valoramos más.

En consecuencia, mientras más libre es el pueblo de comerciar y de migrar, mejor se encuentra económicamente. El corolario es: en el momento en que el gobierno interfiere con la capacidad del pueblo para vender, comprar y trasladarse, el nivel de vida cae.

Por eso, recordemos agradecer en nuestras bendiciones a Jefferson, a Madison, a Washington, a Franklin y a nuestros ancestros de doscientos años atrás por haber reconocido el valor de las fronteras abiertas y protegernos de quienes hoy no lo hacen.

Jacob G. Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation en Fairfax, Va., y corredactor de la obra The Case for Free Trade and Open Immigration ( El Caso a Favor del Librecambio y la Libre Inmigración ).

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