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Es hora de acabar la guerra contra las drogas
por Jacob G. Hornberger, febrero 1999
Prácticamente a diario aparece algo en la prensa sobre la guerra contra las drogas: decomiso de inmensos cargamentos, descubrimiento de una nueva manera de lavar el dinero sucio, estadìsticas sobre el incremento del consumo, batallas entre bandas rivales, nuevos casos de corrupción polìtica, falta de respeto a la privacidad bancaria, allanamientos de moradas y confiscaciones de activos, arrestos, enjuiciamientos y prisión.
A medida que tanto el consumo como la situación general empeora, el ciudadano debe comenzar a formularse ciertas preguntas fundamentales: ¿hasta cuándo?, ¿cuánto peor debe tornarse la situación antes de reconocer el fracaso de la guerra contra las drogas?, ¿hasta cuándo seguiremos tolerando las violaciones a nuestra libertad y privacidad?
Si la guerra contra las drogas ha fracasado en alcanzar los objetivos tras dècadas de esfuerzo y si la situación sigue empeorando, ¿acaso no ha llegado el momento de suspender ese programa gubernamental?
Y la pregunta moral es, ¿por què no puede un individuo tener la libertad de actuar de manera autodestructiva? ¿No es esa la esencia misma de la libertad humana? Si uno no es libre de hacerse daño a sì mismo, ¿cómo puede considerarse libre? ¿Bajo què autoridad moral procede el Estado a reglamentar y a castigar a un adulto por hacerse daño a sì mismo?
La verdadera prueba de la sociedad libre no es si la gente está en
libertad de actuar de la manera definida como "conducta responsable" por el Estado. Despuès de todo, aun los chinos y los norcoreanos fueran libres bajo esa normativa. La verdadera prueba de la sociedad libre es si el individuo puede actuar irresponsablemente, siempre y cuando no interfiera, de manera directa y utilizando la fuerza, con la habilidad de los demás de hacer lo mismo. En otras palabras, mientras uno no lesione, asesine, viole, robe, defraude, etc., a los demás, la libertad significa el derecho de hacer lo que uno quiera, aunque ello sea lo más irresponsable y autodestructivo del mundo.
Hay razones pragmáticas para acabar con la guerra contra las drogas. Aun si fuese victoriosa, el precio en tèrminos de libertad y privacidad es demasiado alto. Pero cuando las autoridades ni siquiera logran evitar el narcotráfico en las cárceles, entonces, ¿cómo pueden impedir que haya drogas en las viviendas? ¿Utilizando cámaras escondidas, perros entrenados y niños soplones?
Cuando alguien quiere o necesita una droga, el hecho que la posesión o distribución sea ilegal, no resulta ser un freno. Al convertirlas en ilegales se reprime la oferta, lo cual aumenta artificialmente su costo. Parte del problema actual es que los drogadictos están dispuestos a hacer lo que sea por conseguir el dinero y comprar la dosis. Por lo tanto, no es coincidencia que los robos, asaltos y asesinatos aumenten al decretar su ilegalidad. Jamás vemos a un borrachito asaltando a alguien para poder tomarse un trago de ron.
La manera más efectiva de tratar la drogadicción es con tratamiento, no con cárcel. Por eso es que los Alcohólicos Anónimos han tenido tanto èxito. Parte importante del tratamiento es que el alcohólico hable libremente de su problema y de las causas del mismo. Al hacer ilegal el consumo de las drogas, se logra el efecto contrario: se dificulta al máximo que la gente hable libremente de su problema y que busque ayuda.
Pero más importante aún, al terminar la guerra contra las drogas avanzarìamos en la dirección de reemplazar al Estado paternalista, que masivamente viola nuestra libertad y privacidad, con un gobierno que se limite a proteger el derecho del individuo a vivir la vida a su manera, siempre y cuando respete el derecho de los demás a hacer lo mismo. Los Estados Unidos fueron fundados en base a ese principio.
Jacob G. Hornberger es fundador y presidente de la Fundación El Porvenir de la Libertad en Fairfax, Va., y corredactor de la obra "El Caso a Favor del Librecambio y la Libre Inmigración."
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