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El gobierno: Enemigo de los pobres
por Jacob G. Hornberger, enero 1999
El gobierno engaña a los pobres de múltiples maneras. Veamos algunas de ellas.
Las leyes de salario mìnimo es un tìpico engaño de los polìticos. Aparenta ayudar a los más pobres y dèbiles de la sociedad, asegurando que los empleadores paguen sueldos que le permita a la gente subsistir. La trampa está en que no se obliga, desde luego, a los empleadores a contratar a nadie. Si el mercado valora el trabajo de alguien en $5 dólares la hora, esa persona será empleada con o sin la ley de salario mìnimo. Pero ¿què pasa con otro cuyo aporte se considera valer sólo $3 la hora? ¿Què pasa si esa persona está dispuesta a trabajar por $3 la hora, de manera de aprender un oficio y comenzar a escalar posiciones? No se le permite hacerlo porque es ilegal pagar menos del salario mìnimo. Por lo tanto, esa persona está condenada al desempleo y tiene entonces que vivir de la caridad pública, lo cual destruye su autoestima.
Licenciaturas y colegiaturas les cierran las puertas del mercado de trabajo a los más pobres. Por ejemplo, la licencia para ejercer la profesión de abogado es utilizada para evitar una mayor competencia. ¿Cuántas persona de Harlem o Watts o los barrios latinos pobres pueden pagar unos $20.000 al año para asistir a la universidad por siete años y asì obtener el tìtulo de abogado y pasar el examen de licenciatura estatal?
¿Por què no se le permite a la gente estudiar derecho por cuenta propia y servir de aprendiz con algún abogado competente, como lo hizo Abraham Lincoln?
Costosas y dificultosas regulaciones le hacen extraordinariamente difìcil a los pobres montar su propio negocio. ¿Cuánta gente pobre puede pagar los honorarios de un abogado y de facilitadores para poder saltar todos los impedimentos burocráticos que se requieren para abrir un negocio?
La polìtica comercial del gobierno concede privilegios y protege a las empresas nacionales de la competencia extranjera. Eso significa que los compradores están pagando un precio artificialmente alto por ropa, alimentos y demás necesidades básicas.
El impuesto sobre la renta -el corazón del Estado de Bienestar paternalista- es el golpe de gracia contra los pobres. Mientras más gana una persona, mayor es el porcentaje de impuestos que tiene que pagar. Eso le impide a los pobres acumular el capital necesario para luego reinvertirlo en su negocio, de manera de sobrevivir y prosperar.
Si elimináramos (no reformar, sino eliminar) tanto el Estado de Bienestar como el impuesto sobre la renta, los principales beneficiarios serìan los más pobres de la sociedad. Ellos podrìan, entonces, ahorrar cierto capital y comenzar sus propios negocios de la noche a la mañana. Podrìan contratar a familiares y amigos, pagándole dos o tres dólares la hora hasta que el negocio se encaminara. Podrìan quedarse con todas sus ganancias y reinvertirlas en su propia empresa. Los habitantes de los barrios pobres tendrìan, entonces, un verdadero chance de salir de abajo.
Los asalariados tambièn se beneficiarìan, porque el capital hace más productiva la mano de obra y mayor productividad significa mayores sueldos. Los consumidores tambièn se beneficiarìan por gozar entonces de la competencia entre decenas de miles de nuevos negocios, todos tratando de ofrecerle mejor servicio, mejores productos y mejores precios.
Los pobres han sido las principales vìctimas del Estado de Bienestar y de la trampa del impuesto sobre la renta. Al mismo tiempo, su eliminación es la mayor esperanza de libertad económica.
Jacob G. Hornberer is fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation, estado de Virginia.
Artìculo traducido al español por la Agencia Interamericana de Prensa
Económica (AIPE) para distribución en diarios de America Latina. Carlos
Ball, director: Ball.AIPE@worldnet.att.net. © Copyright 1999 AIPE.
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