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Por Palabra Clave

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Los senadores estadounidenses son los verdaderos cobardes
por Jacob G. Hornberger , noviembre 2003

El Pentágono graciosamente decidió reducir los cargos penales contra el Sargento del Ejército Andreas Pogany de “cobardía” a “incumplimiento del deber”. Eso es – la cobardía es un delito penal bajo la ley militar estadounidense, punible de muerte o encarcelamiento y separación deshonrosa. ¿Qué hizo el buen sargento para recibir una acusación tan drástica y peligrosa? Al ver a un soldado iraquí cortado en pedazos por una ráfaga de ametralladora, Pogany experimentó un ataque de pánico y sufrió vómitos y náuseas, y se convenció de que lo mismo le iba a suceder a él. Al buscar ayuda del Ejército, fue atacado, en su lugar, con cargos penales y enviado de regreso a Estados Unidos para enfrentar el juicio.

Mientras tanto, en casa, los miembros del Senado de Estados Unidos, indudablemente están agradeciendo a su buena fortuna que el Pentágono no tenga jurisdicción sobre ellos porque de ser así seguramente estarían enfrentando, también, cargos de cobardía, por dos cuestiones: 1) la garantía inconstitucional de poder congresal que se le dio al Presidente Bush para declararle la guerra a Irak en octubre de 2002, y 2) la negación intencional de aparecer para votar sobre la reciente ley de apropiación de 87 mil millones de dólares por parte del Presidente para pagar la ocupación de Irak.

Bajo nuestra Constitución, que los miembros del Congreso de Estados Unidos juran apoyar y defender, el presidente no puede hacer la guerra sin una declaración de guerra expresa por parte del Congreso. En octubre de 2002, los miembros del Senado Estados Unidos (en una votación 77-23), junto con sus contrapartes en la Cámara de Representantes (296-133), votaron delegar al presidente, su poder de declarar la guerra, lavándose así las manos de cualquier responsabilidad por muertes o destrucciones que pudiera traer una guerra, tanto a Estados Unidos como al pueblo iraquí.

Esa revocación de responsabilidad constitucional fue realizada en medio de un fervor patriótico. “Lo estamos apoyando a usted y a las tropas, Señor Presidente, que es lo que cualquier estadounidense patriota, bandera en mano, debería estar haciendo”, era la frase común entre aquellos miembros del Congreso que votaron a favor de la resolución.

¿Cuál fue la verdadera razón para que los buenos senadores y representantes se escaparan de su deber constitucional? Cobardía, lisa y llana. No, no porque habían visto a soldados enemigos ni incluso a soldados estadounidenses mutilados por una ráfaga de ametralladora, sino debido a un hecho inminente que esparció un temor paralizante entre ellos: las elecciones, el 5 de noviembre de 2002. La perspectiva de aparecer responsables para el electorado de haber sostenido el deseo del presidente de invadir y ocupar Irak hizo que los miembros del Congreso de Estados Unidos se involucrara en lo que el Pentágono describió en el caso Pogany como ”conducta cobarde como resultado del miedo”.

¿Cuál fue el costo de esa cobardía congresista? Si hubiesen hecho su trabajo, como lo habían previsto nuestros próceres, los miembros del Congreso podrían haberle exigido al presidente que diera la evidencia de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, que el presidente utilizó para asustar al pueblo estadounidense en su intento por sumar apoyo público para su decisión de invadir Irak. Una vez que se quedó claro de que no existía ninguna evidencia lógica, el Congreso podría haber decidido debatir y evaluar las siempre cambiantes explicaciones alternativas del presidente para su guerra – es decir, liberación, democracia, terrorismo, etc.

En otras palabras, si los miembros del Congreso no hubiesen permitido que su temor ante las cercanas elecciones los paralizara y les impidiera cumplir con sus responsabilidades constitucionales, nuestro país podría no haberse involucrado nunca en la decisión de una invasión y la guerra de agresión y ocupación militar que ya ha dado muerte o herido a miles de estadounidenses e iraquíes y, por supuesto, lo sigue haciendo, sin mencionar la amenaza de respuestas terroristas aquí en casa por la invasión y ocupación.

Más aún, la seguridad económica de nuestra nación no estaría ahora amenazada por la incontrolable borrachera de gastos en la cual se ha embarcado el gobierno federal debido a la guerra en Irak. Lo cual nos lleva al caso más actual de cobardía por parte de los miembros del Senado de Estados Unidos. Cuando se realizó la votación sobre la ley de apropiación de 87 mil millones de dólares por parte del presidente para financiar la continuada ocupación de Irak, en el Senado, 94 senadores – incluyendo a quienes encabezaban las críticas al apoyo ciego e inconstitucional al presidente hace un año – nuevamente fueron apresados por un temor paralizante del electorado, que los obligó a salir corriendo del campo de batalla, agachándose por miedo ya sea en sus oficinas o en sus casas.

¿Cómo hicieron seis senadores estadounidenses para aprobar una ley tan importante? Aparentemente los 100 hombres y mujeres, que ciega y “valientemente” le confiaron las vidas de soldados estadounidenses al presidente, aprobaron una regla que les permite aprobar, incluso proyectos vitales con un “voto de palabra”, aún si las voces consisten en sólo 6 de 100 senadores estadounidenses.

¿Por qué tantos senadores estadounidenses se agachan cobardemente en temor y evitan el campo de batalla senatorial? La respuesta la dio el New York Times: “No votar le atrajo a los republicanos, nerviosos de explicar el monto a sus constituyentes, y a los demócratas que no querían que se cuestionara su patriotismo al oponerse a la ley.”

El Ejército tenía razón al reducir sus cargos contra el Sargento Pogany porque no es tan sorprendente que alguien tenga una reacción psicológica adversa al ver a un ser humano siendo cortado en pedazos por una ametralladora. ¿Pero qué excusa tienen los miembros del senados de Estados Unidos para su conducta cobarde? Quizás el Pentágono debería usar algo de esos 87 mil millones de dólares para comprar cintas amarillas para las espaldas de los senadores estadounidenses.

 

Jacob Hornberger es fundador y presidente de The Future of Freedom Foundation.  


Traducción: Hernán Alberro.

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