El Pentágono graciosamente decidió reducir los cargos penales contra el
Sargento del Ejército Andreas Pogany de “cobardía” a “incumplimiento del
deber”. Eso es – la cobardía es un delito penal bajo la ley militar
estadounidense, punible de muerte o encarcelamiento y separación deshonrosa.
¿Qué hizo el buen sargento para recibir una acusación tan drástica y
peligrosa? Al ver a un soldado iraquí cortado en pedazos por una ráfaga de
ametralladora, Pogany experimentó un ataque de pánico y sufrió vómitos y
náuseas, y se convenció de que lo mismo le iba a suceder a él. Al buscar
ayuda del Ejército, fue atacado, en su lugar, con cargos penales y enviado
de regreso a Estados Unidos para enfrentar el juicio.
Mientras tanto, en casa, los miembros del Senado de Estados Unidos,
indudablemente están agradeciendo a su buena fortuna que el Pentágono no
tenga jurisdicción sobre ellos porque de ser así seguramente estarían
enfrentando, también, cargos de cobardía, por dos cuestiones: 1) la garantía
inconstitucional de poder congresal que se le dio al Presidente Bush para
declararle la guerra a Irak en octubre de 2002, y 2) la negación intencional
de aparecer para votar sobre la reciente ley de apropiación de 87 mil
millones de dólares por parte del Presidente para pagar la ocupación de
Irak.
Bajo nuestra Constitución, que los miembros del Congreso de Estados Unidos
juran apoyar y defender, el presidente no puede hacer la guerra sin una
declaración de guerra expresa por parte del Congreso. En octubre de 2002,
los miembros del Senado Estados Unidos (en una votación 77-23), junto con
sus contrapartes en la Cámara de Representantes (296-133), votaron delegar
al presidente, su poder de declarar la guerra, lavándose así las manos de
cualquier responsabilidad por muertes o destrucciones que pudiera traer una
guerra, tanto a Estados Unidos como al pueblo iraquí.
Esa revocación de responsabilidad constitucional fue realizada en medio de
un fervor patriótico. “Lo estamos apoyando a usted y a las tropas, Señor
Presidente, que es lo que cualquier estadounidense patriota, bandera en
mano, debería estar haciendo”, era la frase común entre aquellos miembros
del Congreso que votaron a favor de la resolución.
¿Cuál fue la verdadera razón para que los buenos senadores y representantes
se escaparan de su deber constitucional? Cobardía, lisa y llana. No, no
porque habían visto a soldados enemigos ni incluso a soldados
estadounidenses mutilados por una ráfaga de ametralladora, sino debido a un
hecho inminente que esparció un temor paralizante entre ellos: las
elecciones, el 5 de noviembre de 2002. La perspectiva de aparecer
responsables para el electorado de haber sostenido el deseo del presidente
de invadir y ocupar Irak hizo que los miembros del Congreso de Estados
Unidos se involucrara en lo que el Pentágono describió en el caso Pogany
como ”conducta cobarde como resultado del miedo”.
¿Cuál fue el costo de esa cobardía congresista? Si hubiesen hecho su
trabajo, como lo habían previsto nuestros próceres, los miembros del
Congreso podrían haberle exigido al presidente que diera la evidencia de las
armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, que el presidente utilizó
para asustar al pueblo estadounidense en su intento por sumar apoyo público
para su decisión de invadir Irak. Una vez que se quedó claro de que no
existía ninguna evidencia lógica, el Congreso podría haber decidido debatir
y evaluar las siempre cambiantes explicaciones alternativas del presidente
para su guerra – es decir, liberación, democracia, terrorismo, etc.
En otras palabras, si los miembros del Congreso no hubiesen permitido que su
temor ante las cercanas elecciones los paralizara y les impidiera cumplir
con sus responsabilidades constitucionales, nuestro país podría no haberse
involucrado nunca en la decisión de una invasión y la guerra de agresión y
ocupación militar que ya ha dado muerte o herido a miles de estadounidenses
e iraquíes y, por supuesto, lo sigue haciendo, sin mencionar la amenaza de
respuestas terroristas aquí en casa por la invasión y ocupación.
Más aún, la seguridad económica de nuestra nación no estaría ahora amenazada
por la incontrolable borrachera de gastos en la cual se ha embarcado el
gobierno federal debido a la guerra en Irak. Lo cual nos lleva al caso más
actual de cobardía por parte de los miembros del Senado de Estados Unidos.
Cuando se realizó la votación sobre la ley de apropiación de 87 mil millones
de dólares por parte del presidente para financiar la continuada ocupación
de Irak, en el Senado, 94 senadores – incluyendo a quienes encabezaban las
críticas al apoyo ciego e inconstitucional al presidente hace un año –
nuevamente fueron apresados por un temor paralizante del electorado, que los
obligó a salir corriendo del campo de batalla, agachándose por miedo ya sea
en sus oficinas o en sus casas.
¿Cómo hicieron seis senadores estadounidenses para aprobar una ley tan
importante? Aparentemente los 100 hombres y mujeres, que ciega y
“valientemente” le confiaron las vidas de soldados estadounidenses al
presidente, aprobaron una regla que les permite aprobar, incluso proyectos
vitales con un “voto de palabra”, aún si las voces consisten en sólo 6 de
100 senadores estadounidenses.
¿Por qué tantos senadores estadounidenses se agachan cobardemente en temor y
evitan el campo de batalla senatorial? La respuesta la dio el New York
Times: “No votar le atrajo a los republicanos, nerviosos de explicar el
monto a sus constituyentes, y a los demócratas que no querían que se
cuestionara su patriotismo al oponerse a la ley.”
El Ejército tenía razón al reducir sus cargos contra el Sargento Pogany
porque no es tan sorprendente que alguien tenga una reacción psicológica
adversa al ver a un ser humano siendo cortado en pedazos por una
ametralladora. ¿Pero qué excusa tienen los miembros del senados de Estados
Unidos para su conducta cobarde? Quizás el Pentágono debería usar algo de
esos 87 mil millones de dólares para comprar cintas amarillas para las
espaldas de los senadores estadounidenses.