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Por Palabra Clave

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Irak: ¿Democrático o libre?
por Sheldon Richman , noviembre 2003

El sitio web de la Casa Blanca tiene esto que decir sobre Irak: “Bajo el liderazgo de la Coalición de Autoridad Provisional (CPA) y el nuevo Consejo de Gobierno Iraquí, se están logrando grandes avances en tres áreas clave: seguridad, estabilidad económica y crecimiento, y democracia.” Centrémonos en este último punto.

Dejando de lado la dudosa justificación de la administración Bush para invadir Irak, ¿los estadounidenses deberían ver que la democracia se establezca allí? Es un objetivo peculiar para Estados Unidos, considerando que los fundadores del país eran anti-democráticos.

¿Qué? ¿Los Fundadores eran anti-democráticos? El lenguaje político es tan impreciso (es decir, deshonesto) estos días que estoy seguro que esta declaración impresionará a algunos lectores. Así que digámoslo. Los Estados Unidos no comenzaron como una democracia. Nunca se lo pensó como una democracia.

James Madison, el reconocido autor de la Constitución, rechazó la democracia en The Federalist Papers, que eran columnas periodísticas que promovían la ratificación del documento. En el Federalista nro. 10, Madison preguntó ¿cómo los derechos privados podían estar seguros contra una mayoría tiránica? Respondió, “La mayoría... debe estar impedida, por su número y situación local, de concertar y llevar a cabo esquemas de opresión”. Eso elimina la democracia. Tal como escribió Madison, “Desde esta mirada de la cuestión se puede concluir, que una democracia pura, por la que me refiero a una sociedad que consista en un pequeño número de ciudadanos que se reúnen en asamblea y administran el gobierno en persona, no puede admitir ninguna cura para las fechorías de facción... Así es que esas democracias siempre ha n sido reflejos de turbulencia y litigio; siempre fueron incompatibles con la seguridad personal o los derechos de propiedad”.

Por eso su constitución estaba llena de limitaciones al gobierno de la mayoría: cada estado, sin importar su tamaño, tiene dos senadores (originalmente elegidos por legislaturas provinciales); los presidentes pueden vetar proyectos del Congreso, y una mayoría absoluta es necesaria para anular; el pueblo no elige directamente al presidente.

Aún más, lo primero que hizo el primer Congreso fue enmendar la Constitución. La Primera Enmienda comienza con estas palabras “El Congreso [es decir, los representantes del pueblo] no puede hacer ninguna ley...” ¡Tengan eso, demócratas!

Madison lo tenía bien sólo en parte. La democracia directa no es libertad de acción; es un ataque a la libertad. Permite que las mayorías subyuguen a la más pequeña minoría – el individuo, la única entidad para la cual aplica la idea de libertad. La alegada libertad “del pueblo” es sencillamente una capa para suboridinar a personas individuales a los edictos de alguna pandilla.

Pero Madison estaba equivocado al pensar que una gran república sería la salvaguarda suficiente de nuestras libertades. Hacia 1830, Alexis de Tocqueville pudo ver lo que Madison no había podido notar en 1787: el potencial de despotismo democrático. Más allá de las constituciones escritas, cuando la suficiente cantidad de gente no aprecia el peligro del poder ilimitado, exigirán que los funcionarios electos les provean cosas que no pueden obtener mediante el intercambio pacífico y voluntario. Entonces políticos hambrientos de votos consentirán al electorado, haciéndoles promesas cada vez más elaboradas. Dado que el gobierno no produce nada, puede cumplir esas promesas sólo dispensando de la riqueza que primero le saca a otros.

A eso ha llevado a Estados Unidos, la mentalidad democrática. La política es un enorme bazar en el cual los políticos mandan por votos de grupos de interés. O, como decía H. L. Mencken, cada elección es una subasta por adelantado, de la propiedad robada.

Eso es lo que aparentemente está disponible en Irak.

Hay demasiada atención hacia cómo se cubren los puestos políticos, y muy poca atención hacia qué pueden hacer los funcionarios una vez que estén en el poder. Las elecciones son preferibles a la violencia y la sucesión hereditaria, pero quién gobierno es menos importante de cómo gobierno.

Considerando que el Presidente Bush ha hecho propio al estado de bienestar prometiendo todo tipo de despojos impositivos a los estadounidenses, tiemblo de pensar cómo se verá Irak en uno o dos años. Puede que se parezca a Estados Unidos, pero eso no querrá decir que es libre.

 

Sheldon Richman es miembro senior de The Future of Freedom Foundation en Fairfax, Va., autor de Tethered Citizens: Time to Repeal the Welfare State, y editor de la revista Ideas on Liberty.  


Traducción: Hernán Alberro.

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