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Por Palabra Clave

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Déjenlos caer
por Scott McPherson , septiembre 2003

Según el Washington Times del 11 de agosto, en una noticia titulada "Cómo el programa de visas le roba a la tecnología estadounidense trabajadores para sus empleos," a los programadores informáticos estadounidenses les es cada vez más y más difícil seguir empleados debido a las "consecuencias indeseadas del programa nacional de visas contra la inmigración – particularmente la clasificación L-1. La L-1 permite a las compañías transferir empleados desde oficinas del exterior a los Estados Unidos para hasta siete años [y] permite a las compañías pagarle a los trabajadores los salarios de su país." ¡Qué barbaridad!

Para hacer corta una larga (y muy vieja) historia, los programadores informáticos – que ganan en promedio $60 por hora en salario y beneficios – están siendo reemplazados gradualmente por programadores extranjeros. Al utilizar el programa L-1, las empresas como IBM, Hewlett-Packard, Cisco Systems, y Microsoft, ahora consiguen a sus programadores por alrededor de un sexto de su precio usual.

No es sorprendente que los trabajadores de la alta tecnología estén descontentos - uno incluso dijo "asqueado" por el programa de visas. Aún menos sorprendente, un miembro del Congreso se está involucrando. La Representante Rosa DeLauro, demócrata de Connecticut, quiere establecer un límite de 35.000 trabajadores L-1 a nivel nacional. (Actualmente no hay límite).

El libre mercado da innovación, productividad, diversidad y en última instancia satisfacción del consumidor. Los estadounidenses aman estos beneficios y han sido los mayores y más antiguos benefactores del capitalismo en la historia del mundo. Pero demasiado frecuentemente se olvidan que el progreso económico requiere eficiencia. Eso significa obtener el mayor esfuerzo por el menor gasto.

A pesar de que a los consumidores estadounidenses les gusta el resultado de este sistema – productos más baratos y mejores, y más opciones en sus productos – como fabricantes y trabajadores prefieren apelar a lo que el psicólogo Nathaniel Branden llamó el "Derecho Divino al Estancamiento". En resumen, ellos quieren "sus" trabajos por derecho, e intentarán eliminar del mercado a cualquiera que pueda producir por menos – su competencia.

Naturalmente, esto requiere la intervención del gobierno en su nombre.

El problema es que estos empleos no son de ellos como para ser protegidos o defendidos por el gobierno. Cuando un empleador ofrece un trabajo, está ofreciendo una compensación monetaria a cambio de un servicio particular a realizar. Esta es una simple relación contractual.

Puede resultar una sorpresa para la mayoría de la gente, pero este arreglo no implica de ninguna manera una transferencia de propiedad. El empleo aún le pertenece al empleador – el trabajo es propiedad del trabajador individual – y más allá de cualquier reclamo que sostenga lo contrario, el empleador debería ser dejado para garantizar, retener, o alterar los términos de esta relación sin cuestionamiento. De la misma forma que los empleados ahora son libres de hacerlo.

El programa de visas L-1 cumple dos funciones importantes en la economía estadounidense. Por un lado, es un "loophole" (noten que el economista Ludwig von Mises llamó loopholes a las "libertades remanentes") que permite que el mercado de la informática realice una función vital – utilizando recursos eficientemente. El dinero que no se gasta en un programador nativo más caro puede ser canalizada hacia la satisfacción de otras necesidades. Esto provee un beneficio neto: un trabajo importante aún se realiza, con sobras de recursos que entonces pueden ser direccionadas a su uso más eficiente. El paso final en el proceso es, por supuesto, mayor satisfacción del consumidor.

En segundo lugar, al permitir que las empresas le paguen a los empleados un menor salario, las visas L-1 también sirven a un propósito moral. Las empresas estadounidenses tienen el derecho absoluto de ofrecer el salario que deseen, y a quienquiera que esté dispuesto a realizar el trabajo por esa suma – aún a un extranjero.

Más que poner un tope a las visas L-1, deberíamos abrir toda nuestra economía al tipo de competencia que ahora tiene lugar en la industria informática bajo el programa L-1. Algún día podríamos hasta volver a los días del genuino libre comercio laboral.

La primera palabra de "libre mercado" sigue siendo "libre". El programa de visa L-1 no es una conspiración siniestra diseñada para sacarle trabajo a los estadounidenses – representa los restos de un sistema económico que alguna vez reconoció los beneficios de la competencia rigurosa y la moral de la libertad económica.

 

Scott McPherson es consejero de políticas de Future of Freedom Foundation..  


Traducción: Hernán Alberro.

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