Según el Washington Times del 11 de agosto, en una noticia titulada "Cómo el
programa de visas le roba a la tecnología estadounidense trabajadores para
sus empleos," a los programadores informáticos estadounidenses les es cada
vez más y más difícil seguir empleados debido a las "consecuencias
indeseadas del programa nacional de visas contra la inmigración –
particularmente la clasificación L-1. La L-1 permite a las compañías
transferir empleados desde oficinas del exterior a los Estados Unidos para
hasta siete años [y] permite a las compañías pagarle a los trabajadores los
salarios de su país." ¡Qué barbaridad!
Para hacer corta una larga (y muy vieja) historia, los programadores
informáticos – que ganan en promedio $60 por hora en salario y beneficios –
están siendo reemplazados gradualmente por programadores extranjeros. Al
utilizar el programa L-1, las empresas como IBM, Hewlett-Packard, Cisco
Systems, y Microsoft, ahora consiguen a sus programadores por alrededor de
un sexto de su precio usual.
No es sorprendente que los trabajadores de la alta tecnología estén
descontentos - uno incluso dijo "asqueado" por el programa de visas. Aún
menos sorprendente, un miembro del Congreso se está involucrando. La
Representante Rosa DeLauro, demócrata de Connecticut, quiere establecer un
límite de 35.000 trabajadores L-1 a nivel nacional. (Actualmente no hay
límite).
El libre mercado da innovación, productividad, diversidad y en última
instancia satisfacción del consumidor. Los estadounidenses aman estos
beneficios y han sido los mayores y más antiguos benefactores del
capitalismo en la historia del mundo. Pero demasiado frecuentemente se
olvidan que el progreso económico requiere eficiencia. Eso significa obtener
el mayor esfuerzo por el menor gasto.
A pesar de que a los consumidores estadounidenses les gusta el resultado de
este sistema – productos más baratos y mejores, y más opciones en sus
productos – como fabricantes y trabajadores prefieren apelar a lo que el
psicólogo Nathaniel Branden llamó el "Derecho Divino al Estancamiento". En
resumen, ellos quieren "sus" trabajos por derecho, e intentarán eliminar del
mercado a cualquiera que pueda producir por menos – su competencia.
Naturalmente, esto requiere la intervención del gobierno en su nombre.
El problema es que estos empleos no son de ellos como para ser protegidos o
defendidos por el gobierno. Cuando un empleador ofrece un trabajo, está
ofreciendo una compensación monetaria a cambio de un servicio particular a
realizar. Esta es una simple relación contractual.
Puede resultar una sorpresa para la mayoría de la gente, pero este arreglo
no implica de ninguna manera una transferencia de propiedad. El empleo aún
le pertenece al empleador – el trabajo es propiedad del trabajador
individual – y más allá de cualquier reclamo que sostenga lo contrario, el
empleador debería ser dejado para garantizar, retener, o alterar los
términos de esta relación sin cuestionamiento. De la misma forma que los
empleados ahora son libres de hacerlo.
El programa de visas L-1 cumple dos funciones importantes en la economía
estadounidense. Por un lado, es un "loophole" (noten que el economista
Ludwig von Mises llamó loopholes a las "libertades remanentes") que permite
que el mercado de la informática realice una función vital – utilizando
recursos eficientemente. El dinero que no se gasta en un programador nativo
más caro puede ser canalizada hacia la satisfacción de otras necesidades.
Esto provee un beneficio neto: un trabajo importante aún se realiza, con
sobras de recursos que entonces pueden ser direccionadas a su uso más
eficiente. El paso final en el proceso es, por supuesto, mayor satisfacción
del consumidor.
En segundo lugar, al permitir que las empresas le paguen a los empleados un
menor salario, las visas L-1 también sirven a un propósito moral. Las
empresas estadounidenses tienen el derecho absoluto de ofrecer el salario
que deseen, y a quienquiera que esté dispuesto a realizar el trabajo por esa
suma – aún a un extranjero.
Más que poner un tope a las visas L-1, deberíamos abrir toda nuestra
economía al tipo de competencia que ahora tiene lugar en la industria
informática bajo el programa L-1. Algún día podríamos hasta volver a los
días del genuino libre comercio laboral.
La primera palabra de "libre mercado" sigue siendo "libre". El programa de
visa L-1 no es una conspiración siniestra diseñada para sacarle trabajo a
los estadounidenses – representa los restos de un sistema económico que
alguna vez reconoció los beneficios de la competencia rigurosa y la moral de
la libertad económica.