El 16 de mayo oficiales de policía de la Ciudad de Nueva York uniformados
como fuerzas de choque derribaron la puerta de una mujer y lanzaron una
granada de humo en su casa de Harlem. La mujer, Alberta Spruill de 57 años,
estaba desarmada. Murió pocas horas después por un ataque al corazón.
El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg y el Comisionado de Policía,
Raymond Kelly se disculparon ante los familiares a las pocas horas del
incidente. Al preguntársele sobre el estilo paramilitar de entrar sin avisar
en la casa de Spruill, el alcalde lo explicó de esta manera: "Había
información -- obviamente en este caso errónea -- pero era información de
armas y drogas."
El alcalde Bloomberg y el Comisionado Kelly le echaron la culpa de causar el
error policial, a una mala información de un informante. "Los motivos del
Departamento de Policía eran algo que nadie debía cuestionar," aseguró el
alcalde al público. "Que se haya actuado correctamente o no, que hubiéramos
podido evitarlo o que sea simplemente uno de esos accidentes inevitables, no
lo sabemos. Para eso el comisionado de policía conduce una investigación."
Traducción: No perturben sus lindas y pequeñas cabezas -- los familiares de
la fallecida tendrán una explicación verosímil, tarde o temprano, de por qué
fue la casa de su querida erróneamente atacada una madrugada cuando ella se
preparaba para salir a trabajar. Quizás culpen a un problema del equipo de
ataque y pasen a alguien a una jubilación temprana.
Pero más allá de las conclusiones a las que lleguen, no esperen que nadie
discuta la verdadera razón de la muerte de la señora Spruill: fue otra
víctima en la guerra gubernamental contra las drogas y su creciente cruzada
contra las armas.
Hubo una época en este país cuando la gente veía al gobierno meramente como
a un protector. A menos que alguien estuviera haciendo verdadero daño a otra
persona, el principio esencial en Estados Unidos era que la gente debía ser
libre de regular sus propios asuntos sin que los agentes del gobierno les
respiraran en la nuca.
En resumen, en tanto y en cuanto las acciones de los ciudadanos no fueran
agresivas, lo máximo que podían enfrentar era la condena moral de sus
conciudadanos. Algunos comportamientos no eran de agrado de todos pero eran
tolerados como el precio de una sociedad libre.
El problema es, muchos estadounidenses hoy creen que ver a alguien hacer
algo que no les gusta es igual a un acto de agresión. Ofender la
sensibilidad de la mayoría crea el riesgo de recibir una bota en la espalda,
o una bomba de estruendo en la cara -- más allá de que uno haya o no
cometido un acto de violencia contra otro. No se realiza una distinción
legal entre actos que violan los derechos de la gente y aquellos que
simplemente transgreden los sentimientos morales prevalecientes.
En Estados Unidos, las drogas son consideradas malas, y por lo tanto son
ilegales. En la Ciudad de Nueva York, las armas son consideradas malas, y
entonces son ilegales.
Los estadounidenses abandonaron hace mucho el principio libertario que
sostiene que el gobierno existe sólo para proteger a los individuos de los
actos de violencia cometidos por otros, y que todas las leyes penales
deberían sólo reflejar ese objetivo. Como resultado, las actividades
pacíficas que simplemente no son del agrado de la gente o que son
consideradas inmorales son bases para llamar al equipo SWAT -- especialmente
aquellas actividades que involucren armas y drogas.
En el caso de Alberta Spruill, los policías aplicando la ley. Se ha
garantizado una investigación acerca de si siguieron correctamente los
procedimientos, pero lo más importante es un examen de las leyes que estaban
aplicando. Es hora de reconsiderar tanto la guerra contra las drogas como la
guerra contra las armas, por el bien de futuras víctimas inocentes.