No estoy muy de acuerdo con los boicot de los consumidores, pero si yo fuera a boicotear a alguien, sería a quienes convocan a los estadounidenses a boicotear a los franceses. El principal de ellos es Bill OReilly, de Fox News Channel. Dado que no miro su programa, supongo que no puedo boicotearlo. Pero lo haría si pudiera.
OReilly y otros quieren que los estadounidenses dejen de lado los productos franceses porque el presidente de Francia, Jacques Chirac, no acompañó postura de guerra de Bush con Irak. Dice que deberíamos comprar agua mineral Poland Spring en lugar de Evian y que no vayamos de vacaciones a Francia. ¿Cambiará eso la política del gobierno francés? No, dice OReilly. Esto no está intentando influenciar una política. Esto es una venganza.
¿Venganza? ¿Cómo? Más allá de lo que uno pensara de la política asumida por la administración de Bush o la oposición de la administración de Chirac, uno debería inmediatamente ver el problema de esta campaña: quiere penalizar a individuos franceses por lo que hizo su gobierno. Qué absurdo. ¿Como no les gusta Chirac, se toman revancha perjudicando a los franceses que trabajan en el sector privado para satisfacer a los consumidores estadounidenses? Espero que las bombas inteligentes en Irak sean más precisas que eso.
Aún si daña al gobierno francés reduciendo los ingresos por impuestos, es bastante como dispararle al rehén para matar a su hostigador. Por último, esto es de moral dudosa.
OReilly hace una excepción para los hoteles franceses en Estados Unidos. Correctamente destaca que boicotearlos perjudicaría a los estadounidenses que trabajan allí. No todos los aliados de OReilly están de acuerdo con él. Stephen Moore, presidente del Club for Growth, subió la apuesta en el programa de OReilly convocando a un boicot también a esos hoteles. Demostrando que justo cuando uno pensaba que las cosas no podían ser más absurdas, lo son.
OReilly no ha pensado lo suficiente este caso. Cuando John Magnus, un experto en comercio, fue invitado al programa para debatir la cuestión, destacó que el vasto volumen de lo que Francia nos envía a nosotros no es identificablemente francés para cuando llega a los consumidores y sería muy difícil lograr un boicot. Esto incluye químicos y partes de motores. Para distraer a los televidentes de ese complicado punto, OReilly subrayó que los franceses obtienen ganancias de 9 billones de dólares al año con Estados Unidos.
Necesita un curso de economía. En un intercambio libre las dos partes ganan más en valor que lo que dan. Si eso no fuera cierto, la transacción no ocurriría. Los franceses pueden obtener ganancias por 9 billones de dólares de los estadounidenses sólo ofreciendo cosas que nosotros queremos comprar cosas que preferimos por encima de todo lo demás que podríamos haber comprado. Si alguien compra agua Evian en lugar de Poland Spring, demuestra una preferencia por ella. En otras palabras, los estadounidenses no nos sacrificamos para que los franceses obtengan ganancias. Los consumidores estadounidenses y los productores franceses se benefician todos con sus intercambios. Para perjudicarlos nos tenemos que perjudicar nosotros.
El comercio hace más que beneficiar a las partes. Promueve la cooperación social pacífica y la división del trabajo que nos hace más prósperos. Lo mejor del libro comercio (por oposición al comercio manejado por el estado) es que permite a las personas tratar directamente, fuera de la esfera de los gobiernos. Despolitiza las relaciones humanas. Esto es bueno porque los gobiernos son divisivos y destructivos de la cooperación social. Todo lo que hacen (comenzando con los impuestos) involucra el uso de la fuerza contra la gente pacífica y productiva. Los gobiernos no pueden darle nada a nadie sin antes sacárselo a otro. De innumerables formas los gobiernos ahogan a las empresas y al comercio, y generan envidia y resentimiento. El comercio es una suma positiva: todas las partes se benefician. El gobierno es en el mejor de los casos una suma cero: las ganancias de un hombre son las pérdidas de otros.
Considerando las bendiciones del libre comercio internacional, la idea de destruirlo por política es espantosa. Es ridículo boicotear los bienes de alguien porque su gobierno se mantuvo fuera de una guerra. OReilly podría responder que los franceses mismos se opusieron a la guerra. Pero eso no hace que la campaña de boicot no sea absurda. Un número significativo de estadounidenses y otros en todo el mundo se oponen a la guerra. ¿Deberíamos también boicotearlos? Una vez que uno toma ese camino, no hay punto final.