Durante las tres semanas de guerra en Irak, los estadounidenses parecieron estar disconformes por el número de muertos o heridos iraquíes, incluyendo tanto a soldados enemigos como a civiles. Quizás por eso es que las cadenas de televisión de Estados Unidos, que brindaron una cobertura constante, evitaron escrupulosamente exponer al televidente a aquellas escenas espantosas O por qué el Pentágono se negó a dar estimaciones de muertes enemigas. Tal vez, también por eso nos seguimos enfocando a los iraquíes que están celebrando su libertad en lugar de en quienes murieron o que hoy están sufriendo un dolor y una angustia tremendas.
Una cuestión política fundamental que los estadounidenses ahora deben honestamente enfrentar hacia el final de la guerra en Irak es: ¿Debería el gobierno de Estados Unidos tener el poder de iniciar la guerra para liberar a extranjeros de la tiranía en su propia tierra? La cuestión oral correlativa es: ¿Es moralmente correcto sacrificar a un grupo de personas para que otro grupo de personas sea liberado de la tiranía?
Consideremos un ejemplo: supongamos que el terrorista Timothy Mc Veigh, en lugar de colocar su bomba en el edificio federal de Oklahoma City, hubiera tomado de rehenes a todos los que estaban en el edificio, amenazando con detonar una bomba que mataría a, digamos, mil personas adentro. Supongamos que Mc Veigh hubiera dicho: si el presidente ordena la muerte de 50 agentes federales que participaron en la masacre de WACO, no detonaré la bomba y dejaré libres a las mil personas que están en el edificio.
¿Alguien argumentaría honestamente que el curso de acción moral sería que el gobierno asesine a 50 inocentes para liberar al otro grupo de mil personas inocentes?
¿Hay alguna diferencia con respecto a desalojar a un brutal dictador extranjero de la administración con la intención de liberar a sus ciudadanos de su gobierno tiránico? Después de todo, como hemos visto en Irak, no es sólo cuestión de sacar al dictador de su cargo. La guerra es un proceso que necesariamente implica el asesinato de multitudes de personas inocentes, tanto civiles accidentalmente como soldados rasos enemigos.
Entonces, la cuestión moral con la que todo estadounidense debe luchar a fines de la guerra en Irak es: ¿El asesinato de miles de iraquíes, tanto militares como civiles y en el proceso de liberar al pueblo iraquí de la tiranía, está moral mente justificado?
Esa es la cuestión, a mi parecer, que el Papa planteaba en vísperas de la guerra cuando sugirió que aquellos que hacen la guerra tendrán que responder finalmente ante Dios. Estaba sugiriendo, creo, que las muertes de personas iraquíes que ocurrirían necesariamente en el curso de la guerra violaría el Sexto Mandamiento.
¿Pero cómo puede ser? ¿Es que Dios no deja a las personas libres cuando se trata de guerras?
De eso se trata el concepto de Guerra Justa. Pero no toda guerra es jsuta, y cuando no es justa, las muertes que resultan del contexto de la guerra violan principios morales fundamentales referentes a la maliciosa toma de vidas o al mandamiento divino de No Matarás. A la inversa, si la guerra es justa, las muertes son justificables, tanto moralmente como a los ojos de Dios.
Consideremos el caso de Saad y Sindows Abbas, 34 y 30 años, que perdieron a cuatro hijas en la guerra. ¿Qué derecho moral tenemos para decirles: la pérdida de sus hijas valió la pena porque ustedes y otros iraquíes ahora son libres?
O consideremos a Ali Ismaeel Abbas de 12 años, que no sólo perdió a su familia sino también sus dos brazos como resultado de un misil que cayó sobre su casa. Gritó que si no podía recuperar sus brazos prefería morir. ¿Qué derecho moral tenemos para decirle: perder a tu familia y tus brazos valió la pena porque tú y otros iraquíes ahora son libres?
Cuando se le preguntó a la embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Madeleine Albright, por los horribles efectos de las sanciones económicas que el gobierno estadounidense venía aplicando contra Irak desde 1991, incluyendo la muerte de medio millón de niños iraquíes, respondió creo que esta es una decisión muy difícil, pero el premio creemos que el premio lo vale.
¿Pero lo vale para quién? Es una pregunta moral que los estadounidense ahora tienen que hacerse.